¿Por qué no podemos?

Por Félix Muriel

Las elecciones europeas de mayo de este año pueden pasar a la historia como aquellas en que tuvo lugar en la política española un fenómeno de esos que los ingleses suelen calificar con el neologismo de “serendipity” (en español, serendipia): el descubrimiento o inesperada aparición de un partido político de reciente creación –apenas unos meses de existencia- que consigue no solo cinco escaños en el Parlamento europeo, sino también poner en entredicho el sistema bipartidista (por primera vez la suma de los dos partidos clásicos del sistema apenas llegaba al 50% de los votos emitidos), que desde las primeras elecciones democráticas había sido la tónica generalizada de los comicios celebrados hasta 2014. Las encuestas de Metroscopia y del CIS, de octubre, no han hecho más que confirmar la sorpresa de mayo solo que proyectada hacia los hipotéticos resultados electorales del año próximo.
En tiempos de crisis proliferan las predicciones y los gurús. Viene a ser como el momento culminante de la apasionada dedicación de los humanos a la prospectiva; olvidando que son pocos los aciertos y muchas las equivocaciones, porque “es muy difícil hacer prospectivas, sobre todo cuando son de futuro”, quizás porque no tenemos los adecuados instrumentos “científicos” para hacer correctas previsiones. Eso explica que nadie predijera, entre otros acontecimientos, el estallido de la primera guerra mundial, ni el inicio del crack del 29, ni el atentado de las Torres Gemelas o la más reciente implosión de la actual crisis o, en esa misma línea, la exitosa aparición de Podemos.
¿A qué se debe esto? Se debe a que dichos fenómenos constituyen lo que el conocido “antigurú” libano-americano, Nassim Nicholas Taleb, llama un “Cisne Negro” (Black Swan), que no es otra cosa que un suceso o evento imprevisto que causa un gran impacto y ante el que solo reaccionamos tratando de explicarnos retrospectivamente el porqué de lo sucedido.
No cabe duda que Podemos constituye el cisne negro del panorama político español actual. Nadie previó su irrupción ni la magnitud de su impacto, aunque a renglón seguido hayan corrido ríos de tinta para explicarlo, de modo y manera que, construido el relato, ya todo se sabía y todos lo sabíamos. Es lo que Taleb denomina la “falacia narrativa” que nos montamos para tratar de explicarnos el mundo, para intentar “racionalizarlo”. Pero la concepción narrativa de los humanos debería servirnos, en la elaboración de Taleb, para conocer, para hacernos más fuertes, menos frágiles (“antifrágiles”, dice él).
Se trataría de practicar una suerte de estoicismo que nos “confortara” respecto a las situaciones de fallo para hacernos más resistentes a los impactos de los eventos sorpresivos. En definitiva, deberíamos saber encajar los golpes.
Pero creo que no basta con “explicar” los fenómenos, con construir un relato retrospectivo que nos deje tranquilos, o más fortalecidos, o en saber encajar adecuadamente esos golpes, por muy importante que esto pueda resultar para la vida práctica. No. La pregunta sería ¿Qué hacer en el futuro?, ¿cómo actuar en el futuro respecto a los eventos cisne-negro acaecidos o respecto a los que pudieran presentarse? No para adoptar una posición oracular, adivinatoria, sino como estrategia para la acción. Aunque el recurso a los oráculos haya sido tradicional desde Grecia y Roma hasta nuestros días pasando por diferentes épocas y culturas (recuérdense los famosos oráculos de Delfos, de Heliópolis o los goralot hebreos, entre otros), no parece que ahora sea época de augures.
Así pues, no interesa tanto construir un relato explicativo sobre cómo surgió, se gestó y apareció el fenómeno Podemos (sería un interés para estudiosos o historiadores) sino cómo, desde la acción política, plantearnos la estrategia para actuar ante Podemos.

Podemos como fenómeno político

Pero antes convendría analizar en qué consiste el fenómeno. Hay dos Podemos, el Podemos-denuncia y el Podemos-propuesta. Podemos puede enfocarse, pues, desde una doble perspectiva: desde la perspectiva de denuncia popular frente al sistema y desde la perspectiva de las propuestas programáticas. Hasta ahora ambos aspectos han estado confundidos más o menos deliberadamente: el peso de los temas denuncia hacia innecesario discutir sobre los contenidos, bien porque se querían ocultar o bien porque sencillamente no existían.
En cuanto a los aspectos de denuncia de las formas viciadas de la actual vida democrática, Podemos es el resultado de una rigurosa observación, llevada a cabo por sus promotores –todos ellos o en su gran mayoría “especialistas” en sociología política, politólogos con experiencia como asesores políticos tanto en España, IU, como en Iberoamérica, el MAS boliviano, el bolivarianismo de Chaves y Maduro o el Movimiento Alianza País de Correa en Ecuador- a partir del movimiento ciudadano de los indignados del 15-M, de las demandas más consolidadas socialmente. El análisis realizado es intelectualmente perfecto y el elenco de reivindicaciones que configuran a partir de ese estudio es políticamente inatacable y fuera de todo posible rechazo. Constituyen un conjunto de medidas para la regeneración de la democracia española con las que todos deberíamos de estar de acuerdo. Se trata de terminar con la posición de privilegio de los políticos del sistema (lo que ellos llaman “la casta”), tales como la utilización de vehículos oficiales, los viajes business, los sueldos exorbitados, los planes de pensiones especiales, la pertenencia a consejos de administración, el disfrute de tarjetas black, etc.; de eliminar la condición de aforados; de acabar con las llamadas puertas giratorias que permiten un sistema de incompatibilidades laxo; de impedir la acumulación de cargos y emolumentos; de eliminar el atrincheramiento en los cargos indefinidamente, de permitir la revocación intermandatos de los cargos públicos que no cumplan; de acabar con la opacidad real de las instituciones y partidos; de erradicar la asfixiante corrupción; de sanear la poca democrática vida de las organizaciones políticas…
Esa posición corresponde al sentir generalizado de los ciudadanos que ha ido ganando en expresión y pulsión a medida que ha ido desarrollándose la crisis a lo largo y ancho de este septenio negro. Es el grito de las clases medias ilustradas azotadas por la crisis, de los titulados universitarios, empleados públicos venidos a menos y clases trabajadoras precarizadas por la larga recesión económica (todos ellos “representados” en el Consejo Ciudadano de Podemos recientemente constituido).
La crisis, la pérdida de calidad de nuestra democracia y, sobre todo, la corrupción son el mejor caldo de cultivo para que Podemos enarbole la bandera de la regeneración democrática. Y la pantalla que oculte los contenidos de fondo a favor de los aspectos de denuncia. Es tan profunda la crisis del sistema, que un partido sin programa en los aspectos económicos y de modelo de la sociedad, no tenga la necesidad, ni se le exija que lo haga, de presentar sus propuestas programáticas para concitar el mayor nivel de expectativa de voto de cara a las próximas elecciones generales. De ahí su insistencia en que vienen a “remoralizar la vida pública, democratizar los poderes y recuperar la felicidad”, a “hacer democracia de manera desatada”, convencidos de que es “necesario hoy un cambio constitucional, y para lograrlo es necesario transformar la mayoría social en una nueva mayoría política. Sólo así la indignación social se convierte en impulso político. Visión de ruptura y esperanza en una vida mejor y una política decente”.
El principal objetivo, pues, es la “reconstrucción de nuestra democracia” (Juan Carlos Monedero). Y el enunciado de ese objetivo ha bastado para desatar el tsunami, haciendo innecesario hablar de modelo de sociedad, de modelo económico. Diríase que se trata, en principio, de un movimiento moralizante, de ética política, que pretende acabar con un sistema que consideran “decadente” (“hay que romper el candado del 78”, según Iglesias) como si se tratara de una especie de moderno Girolamo Savonarola colectivo que quisiera fundir en la “hoguera de las vanidades” el pacto de la Transición. ¿Qué hay de los contenidos? De los contenidos nada o muy poco; a pesar de que a Iglesias se le llena la boca con el aforismo anguitiano de “programa, programa, programa”, de programa hay muy poco.
Elaboraron un catálogo de medias a vuela pluma para presentarse a las europeas, en el contexto del tradicional desinterés de los ciudadanos hacia tales comicios y en el momento álgido de la cresta de la ola de la desafección hacia los partidos clásicos, y ante las reacciones suscitadas se han visto en la obligación de recurrir a economistas “profesionales”, externos a la organización, para que elaboren un programa económico creíble y aceptable. Y en ello están.
De tal manera que tenemos un punto fuerte de Podemos (la denuncia de la los privilegios de la política y de los políticos del sistema) y un punto débil (la escasa consistencia de sus proposiciones económicas y su desdibujado modelo de sociedad). Toda la punta de lanza de su acción política está orientada a poner en valor absoluto sus aciertos como denunciantes y a ensombrecer sus proposiciones programáticas).

La actitud respecto a Podemos

Las fuerzas políticas y los ciudadanos debemos encontrar la adecuada estrategia en el tratamiento del fenómeno Podemos. Porque hasta ahora lo que se está viendo es una reacción desproporcionada; hay una sobreactuación mediática (quizás haya que decir que tanto a favor como en contra), como cabía esperar en una sociedad sacudida por una crisis sistémica, no solo económica sino también política y de valores sociales y éticos, ansiosa, por tanto, de encontrar salida a su situación, salvadores para los males que le aquejan.
Lo primero que hay que decir al respecto es que el ataque con fuego graneado a la neonata formación no es la adecuada estrategia. Entiendo por fuego graneado todas aquellas críticas viscerales dirigidas a poner en tela de juicio no solo los postulados sino también a las personas, en un ejercicio muy celtibérico de mezclar los argumentos ad hominen con los referentes a las propuestas objetivas, mezclando verdades con pequeñas mentiras o verdades a medias. Ese ni es el camino acertado ni es lo que corresponde en democracia.
Y, además, por una razón de eficacia. Las críticas vienen desde las formaciones del bipartidismo o desde lo que ellos llaman la casta en su sentido más amplio, con lo que producen justo el efecto contrario al deseado. La denuncia de los privilegios de la casta ha sintonizado de tal manera con el sentimiento popular que cualquier crítica proveniente de esa casta carece de credibilidad. Y, por lo tanto, fortalece, refuerza a Podemos. Y ellos son tan conscientes de ello que han venido repitiendo hasta la sociedad la máxima de Gandhi de que “primero te ignoran, luego se ríen de ti, luego te combaten, y entonces es cuando ganas”. Lo ha dicho Monedero en su estilo directo: “Se han reído de nosotros, han dicho que éramos el de la coleta, unos locos chavistas, y luego han empezado a combatirnos. Pero el combate es tan burdo, tan desaforado, que la ciudadanía se da cuenta de que lo que hay es miedo a una fuerza política que no va a pactar con los corruptos que han saqueado este país”.
España es una sociedad de democracia avanzada que debería reaccionar de otra forma ante la aparición en su horizonte político de una nueva fuerza política. La normalidad en el trato: Podemos es una fuerza política más del espectro parlamentario español (aunque hasta ahora solo esté representada en la eurocámara, a resultas de las próximas elecciones generales del año que viene) y como tal debe ser considerada, tratada, valorada o atacada. Además, aunque ellos se empeñen en no ser casta, lo que está claro es que su apuesta por participar en los procesos electorales de la tan criticada democracia española, los convierte, malgré leurs, en fuerzas políticas del sistema (aunque pretendan cambiarlo o sustituirlo o derribarlo; otra cosa será lo que consigan hacer con la fuerza de los votos, pero la aceptación de las reglas del juego –los votos- como instrumento de acción política es positivo), lo que hay que agradecerles y reconocerles porque han colocado en el sistema a una buena parte del magma social y político que bullía en el movimiento de los indignados del 15-M y que no sabíamos cómo iba a cristalizar. Ahora lo sabemos: ha cristalizado en forma de partido político, de un partido político más, con las connotaciones o especialidades que se le quieran reconocer o sean capaces de evidenciar.
Reconozco que no es fácil dar este tratamiento de normalidad a Podemos. Que tiene dificultades. Y las dificultades están directamente vinculadas a sus características más señaladas:
  1. Se trata de un partido-denuncia, que, como decía antes, presenta la sociedad en daguerrotipo, la radiografía de los males de la sociedad, que colorea de moralidad y se presenta como látigo fustigador de los “privilegiados”, de los de arriba, que presenta la lucha política como una confrontación, pero no en el tradicional esquema de clases, sino como la lucha entre los de abajo y los de arriba. Y eso asusta, porque para el establecimiento la lucha de clases ya estaba amortizada y amortiguada por los sucesivos pactos sociales. Ahora volvemos a la selva.
  2. La ambigüedad calculada de sus planteamientos programáticos, sobre todo desde que los pronósticos electorales los colocan en posición alcista, que les ha llevado a edulcorar su propuestas más ácidas, a poner distancia con los mentores primigenios, en definitiva a querer echar las redes no ya en el tradicional nicho propio de la izquierda excomunista, de donde proceden una buena parte de su núcleo duro dirigente, sino en el mismo “centro”, donde moraban las bases electorales de los partidos del bipartidismo. ¿Osadía de juventud? ¿Calculo meditado o presentido?
  3. Cierto tufillo populista (pero este asunto del populismo merecería quizás un tratamiento aparte), que en el contexto europeo actual no es precisamente bienquisto.
  4. La pretendida novedad de su fórmula organizativa y de sus métodos de acción política organizativa: los métodos informáticos (han utilizado como nuevo medio de comunicación una herramienta -la aplicación Appgree- que supone una auténtica revolución en la comunicación política; la elección de candidatos, programas y estrategias organizativas y políticas se han decidido por internet, sirviéndose de AgoraVoting); las redes sociales (la red social Reddit donde han ubicado Plaza Podemos y las llamadas Ruedas de Masas; además de Twitter, Facebook); y los medios televisivos (desde las plataformas ofrecidas por las emisoras del TDT-Party a las cadenas nacionales, la Sexta, Cuatro, Tele5..). Aunque, a pesar de esta aparente novedad, finalmente han optado por la fórmula clásica de organización de los partidos, por lo tanto, de someterse a la “ley de hierro de las organizaciones” que formulara Michels en 1915, según la cual “la organización es lo que da origen a la dominación de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegadores. Quien dice organización dice oligarquía”. Había esperanzas de que Podemos terminara dando otra solución más original al viejo dilema del hombre moderno de cómo dirigir las grandes organizaciones sin ceder todo el poder a las oligarquías y a los apparatchik que las sustentan. O no han sabido o no han podido. O no se puede.
  5. El planteamiento del debate político en el campo de los sentimientos, de las emociones, que resucitan viejas polémicas amortiguadas y no del todo superadas en el atavismo político español, que hace más difícil el debate y la clarificación racional de las posiciones respectivas. Es una consecuencia más de cómo la crisis está influyendo en el devenir de los acontecimientos sociales y políticos en el país.
¿Cómo actuar? Desde luego, si lo consideramos uno más de los partidos de la arena política española, no debemos introducir en nuestra estrategia ni miedo, ni parálisis, ni determinismo. La vida democrática no puede estar sustentada en el miedo, ni a los supuestos dominadores ni mucho menos a los que son iguales: Podemos es un partido más y como tal hay que considerarlos en pie de igualdad. Ni el impacto que su irrupción en la escena haya podido representar debe llevarnos a la parálisis en la respuesta ni en la acción. Y tampoco debemos montarnos en el determinismo de lo inevitable por el mero hecho de que las encuestas de modo sucesivo vayan dando noticia del “imparable” ascenso de la neonata formación política, porque ese determinismo nos llevaría a un círculo vicioso en el que cobrarían sentido el miedo y la parálisis a que antes me refería.

La estrategia a seguir

¿Cuál sería, por tanto la estrategia correcta a seguir? Sobre la base de la distinción entre denuncia y propuestas que antes hacía de los componentes de Podemos, la estrategia está clara: hay que quitarle la “razón”.
Como denuncia, Podemos es inatacable. No solo por lo real de la denuncia misma, sino porque la formación goza de una credibilidad virginal: todo lo que diga va a ser creído porque no tiene antecedentes. Frente a eso las demás fuerzas políticas tienen una credibilidad perdida. Por tanto, lo primero es recobrar la credibilidad. Lo que ocurre con la credibilidad es que se pierde en un instante y es muy difícil de recuperar. Ahí entra el factor tiempo: poco tiempo para restaurar la credibilidad perdida, en la perspectiva de los procesos electorales que marcan la vida democrática de las sociedades modernas. Y junto a ese factor tiempo se acuna otro no menos importante, que hunde sus raíces en el sustrato cristiano de nuestra sociedad, la ejemplaridad pública, el valor del ejemplo para reconstruir la credibilidad. Habría que conjugar, pues, poco tiempo con necesidad de evidenciar ejemplaridad pública
Entonces, ¿cómo actuar? Aceptando los contenidos de la denuncia, haciendo nuestra la denuncia. Parafraseando una célebre frase histórica española, marchemos todos juntos por la senda de la regeneración democrática. Pero, ¿cómo? Con actuaciones contundentes y claras, inequívocas. No bastan los manifiestos o las propuestas, sino también (está bien el Código ético, pero no basta; está bien hacer pública las cantidades que consumen trimestralmente los grupos parlamentarios en viajes, pero no basta; está bien la expulsión inmediata de quienes hayan sido cogidos in fraganti en casos de corrupción, pero no basta; está bien anunciar la expulsión de quienes sean imputados, pero no basta, etc.). Es preciso que la ciudadanía perciba claramente que asumimos las denuncias frente a los privilegios, que estamos dispuestos a ponerles coto, que queremos hacer una nueva política. Que no se trata de zalagardas para ir tirando (el PP ha anunciado en varias ocasiones la adopción de medidas o la tramitación de leyes para la regeneración democrática que presenta con reiteración, pero ninguna de ellas está en vigor ni se espera que lo estén de aquí hasta el final de la legislatura). No es hora de estratagemas, sino de una autentica estrategia política para la regeneración democrática de nuestra sociedad.
Por tanto, quitémosle la razón de sus denuncias, neutralicemos lo incuestionable de sus denuncias. Todos estaremos en igualdad de condiciones. Y ¿ahora qué? Ahora discutamos del contenido de las propuestas, del modelo de sociedad, del modelo económico, del modelo de medios de comunicación que queremos, del modelo territorial de distribución del poder, de nuestras relaciones con nuestros aliados militares, de nuestra posición en la Unión Europea… Y de cómo lo vamos a conseguir, de qué medios disponemos para ello, en qué tiempo, con qué alianzas. Coloquemos el debate en el terreno de las ideas, no de los ataques; situémoslo en el terreno de la racionalidad, no de la visceralidad. Como corresponde a una ciudadanía madura en una sociedad madura

¿Por qué no Podemos?

Titulaba este escrito con la pregunta de por qué no podemos, por qué las fuerzas democráticas no pueden aceptar las demandas sociales de regeneración política. Seguramente no sea posible que todas puedan hacerlo, porque los posicionamientos ideológicos y los subsiguientes intereses económicos y sociales ligados a la ideología actúen de freno y valladar para que algunos partidos puedan aceptar una regeneración del tamaño que la sociedad española actual demanda y necesita. Allá ellos con su responsabilidad.
Pero no veo obstáculo para que los socialdemócratas, el PSOE, que por ideología y por historia debe forzosamente estar en esa línea de regeneración, no camine con decisión, con claridad y con contundencia por esa senda.
Sin duda que no debemos olvidar que los últimos años de gobierno socialista estuvieron plagados de desaciertos, ni que los casos de corrupción destapados, fraguados al calor del poder, suponen un baldón en los “más de cien años de honradez” que proclamaba la vieja campaña electoralista. Pero no es menos cierto que a lo largo de su dilatada historia el partido ha sabido recoger las demandas de la sociedad del momento y adaptarse a las circunstancias cambiantes de la sociedad. Y lograr grandes progresos para la sociedad española: la modernización más profunda de nuestra historia, la implantación y desarrollo de un estado de bienestar como nunca antes habíamos disfrutado (educación pública, sanidad pública, pensiones, igualdad civil…), la reubicación del país en el mapa europeo y en el contexto internacional.
En estos momentos, los socialistas están inmersos en un proceso de renovación importante y asumiendo y rectificando los errores cometidos, aunque no con la intensa catarsis que requería la última etapa de gobierno que protagonizaron, pero sí con el coraje suficiente para encarar con limpieza esta nueva época, para no sonrojarse ante las denuncias y para plantear la discusión en el terreno de las ideas.

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