Desaparecidos

Por Juan Tomás Frutos


Las cifras económicas son aplastantes. El llamado “Primer Mundo” impone su bota y su acero en pos de unas cuentas de resultados que no albergan dudas. Hay que ganar dinero, y lo demás no cuenta, al menos no cuenta mucho sobre el papel. Sí, es cierto, de vez en cuando se hacen declaraciones de apoyo, se otorgan algunas subvenciones, y se escriben estupendos y maravillosos manifiestos que no conducen a parte alguna (puede que la afirmación sea excesivamente absoluta). Ya lo sabemos.

El mundo, en su cinismo, avanza sin tener en cuenta al más débil, que tiene que arreglárselas como puede, que no es mucho, fundamentalmente en tiempos de transformación.

Vamos a situaciones concretas. El hambre se lleva por delante cada día a cientos de miles de niños, que, en un sinfín de casos, quedan tocados por la enfermedad y la discapacidad. Millones sufren una muerte en vida, repleta de carencias en cuanto a lo básico y con la referencia de una esperanza de cambio que no se produce.

Nuestra economía depende de la suya, y, claro, genéricamente pensamos que estamos muy bien como estamos. Si para nuestro bienestar “en el mundo civilizado” tienen que soportar desnutrición y analfabetismo, en el mejor de los escenarios, pues nada, a padecer en este lago de penas que nos ha tocado, que les ha tocado a ellos un poco más.

No hace mucho que escuché que con lo que gastamos en cremas, colonias y productos de maquillaje y de arreglos corporales en general se podría combatir la lacra del hambre en el mundo. Sí, es una cifra que no cambia las cosas, ni podría cambiarlas. Seguramente, este dinero no se destinaría a un mejor menester, en el caso de que pudiéramos prescindir de lo prescindible, pero lo cierto es que hay una profunda contradicción en lo referido y un serio toque de llamada.

Un amigo mío hablaba de los “transparentes”, de los que no importan, de los que acaban antes de empezar la partida. A éstos no se les echa de menos cuando no están, y, a veces, hasta estorban en las estadísticas y en los planos de sus bellos países. Son los desaparecidos en un doble sentido: no existen en vida, y, cuando se marchan de una manera más o menos belicosa o violenta, nadie pide cuentas en su nombre, y, si lo hiciera, arriesgaría su propia vida.

Sin documentar
Igualmente podríamos preguntarnos dónde están los muertos de las guerras que hay en la actualidad, dónde los hambrientos de la India o del Sudán, dónde los torturados de las dictaduras asiáticas o africanas, dónde los enfermos de los podridos barrios marginales, dónde los inmigrantes que no aparecen en los “papeles”… No surge documentación de ello.

Seria posible añadir más cuestiones y referirnos a los asesinados en lugares geoestratégicos o en repúblicas caciquiles sin interés económico alguno. Son ellos: hijos de “madres” que lloraron cuando vinieron al mundo, que lloraron de dolor, y también de alegría, envueltos en la tragedia y en una suave fe. Son los últimos de los que hablaban las bienaventuranzas, unos últimos que tienen que esperar al Paraíso para disfrutar con una cierta dignidad. Son ellos, que claman desde sus sombras y desde sus tumbas para que no solo recemos o postulemos mensajes. Es necesario pasar a la acción. Recordar cada día a los desaparecidos es una necesidad.

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