Editorial / Los holocaustos

Se cumplieron ayer setenta años de la liberación por el Ejército Rojo del campo nazi de Auswitch-Birkenau, el único lugar en el que el ser humano convirtió la muerte en una industria. Y eso es lo que ha hecho de ese lugar un horror, frente a Mathaussen, Terenzinstadt, Treblinka y otros. Allí murieron muchos judíos –como se sabe–, pero también gitanos, homosexuales o republicanos españoles, por decir.

Junto a la victoria de Syriza (cuyos resultados habrá que ver, porque una cosa es predicar y otra dar trigo; seguramente, este partido hubiera podido impedir que Grecia llegara a donde está ahora, pero si es capaz de sacarla de ahí es una incógnita), el domingo se produjo en Atenas el ascenso de los neonazis de Amanecer Dorado, que tienen en común con sus inspiradores alemanes el odio a lo distinto y el desprecio por la vida de los otros.

Pese a lo que ahora cree saber la gente, las concentraciones nazis eran muy distintas: Auswitch era un campo de exterminio, mientras Mathaussen mataba trabajando... por citar sólo los dos más conocidos; en el primero, el tiempo de vida lo marcaba la agenda de los hornos crematorios, mientras en el segundo era de entre seis y nueve meses, que es lo que dura un ser humano infralimentado mientras está sometido a un trabajo extremo.

En todo caso, el nazismo es un episodio de la Historia del que el inconsciente colectivo culpa a su director Adolf Hitler, aunque no hubiera podido producirse sin la complicidad de la población alemana de la época. De hecho, Auswitch y Mathaussen son obra de Einrich Himmler, no del cabo australiano del bigote estrambótico, y aquél era cristiano, estudió con los jesuitas y fue un aburrido padre de familia.

Así que celebrar el final del nazismo está bien, siempre que uno no piense que esas cosas no pueden repetirse; al contrario, salvo que uno haga un esfuerzo de tolerancia, una barbaridad como ésa es el destino final del ser humano... puede que sea parte de su condición.

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