La yihad y el Kaláshnikov

Por Iván Alonso

Hay algo extraño en la imagen. El policía tendido en el suelo levanta una mano ante los yihadistas para protegerse o pedir clemencia y una ráfaga de kaláshnikov lo remata. Veo la imagen una y otra vez en los informativos a raíz del atentado en París contra la revista ‘Charlie Hebdo’ que ha dejado, de momento, 12 muertos y bastantes heridos. La barbarie en Europa. Los dibujantes de una revista humorística, que hoy burla contra Mahoma y mañana contra el Papa, ametrallados por ejercer su humilde oficio: tomar un lápiz, un papel y toda la libertad que generaciones de amantes suyos le han arrancado a los poderosos para poder reírse de ellos, para desmitificarlos y bajarlos del altar. Un horror absoluto. La certeza de que el terror ya está aquí entre nosotros. El Estado Islámico ha establecido su cabeza de playa en Francia. Y sin embargo, hay algo en esta salvajada que me intriga, algo que no cuadra, algo extraño. Y sé lo que es: el kaláshnikov.

Repaso, porque no estoy seguro, si Alá en su infinita omnisapiencia recomendó allá porel siglo VI al Profeta el uso de este famoso fusil de fabricación soviética para practicar la yihad contra el infiel. Pero compruebo que no, que como todos los dioses parece saber poco del futuro concreto y se limita a lo práctico y conocido. Es un alivio porque esa omisión es precisamente el punto más flaco del yihadismo, aunque parezca paradójico, aunque las víctimas de estos salvajes no puedan estar de acuerdo conmigo.

Si los entiendo bien el objetivo del autoproclamado Estado Islámico es volver a los tiempos del califato. Los Omeyas. Las grandes conquistas. Etcétera. Un reflejo en la tierra del cielo bajo el piadoso cetro de un único rey temeroso de Dios. Ese mundo rechaza toda modernidad, rechaza todo avance material o intelectual, no hablemos ya moral. Desea volver al tiempo de Solimán, confiar en la virtud de la cimitarra y la leche de camella. 

Como algunos nos resistimos a vivir en tan idealista lugar y tenemos cierta querencia por la música del diablo, las palabrotas y ver el pelo de las mujeres al viento, el yihadista decide hacer ese ‘esfuerzo’ por liquidarnos y devolvernos, ya sea muertos o vivos, al redil y a la obediencia. Para ello el radical decide, paradójicamente, elegir un arma inventada por occidentales. Un fusil que un militar diseñó para sustituir a obsoletas carabinas con el fin de defender su patria de un fundamentalismo igual o peor que el yihadista: el nazi. 

Un kaláshnikov es sin duda el mejor arma posible para asesinar personas, pero es el peor arma del mundo para reconstruir un califato ancestral. Al utilizar un arma creada por esas personas a las que consideran sus enemigos, pensada para destruir una dictadura como la que ellos pretenden imponer al mundo, condenan su causa al basurero de la historia.

No triunfarán no solo por sus métodos, su probada cobardía, la resolución de tantas personas valientes de hacerles frente sin descanso, sino sobre todo por su inconsciencia al querer acabar con el mundo que odian con las mismas herramientas que ese mundocreó para vivir a salvo de tiranos como ellos.

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