Que no nos roben el futuro

Por Máximo García

Tanto la música como la letra ofrecen una música moderna, vital, fruto de una partitura cuidadosamente elaborada. Viento fresco que alivia tanta sordidez ambiental. Hasta tal punto, que si yo estuviera sin empleo, o hubiera sido desahuciado de mi vivienda, o fuera un joven sin perspectivas de futuro, o mayor de 45 años a quien le anuncian que todas las puertas le han sido cerradas o tuviera claros indicios de que mi pensión estuviera en peligro de desaparecer, no dudaría ni un momento en dar mi voto a una fuerza política emergente que promete garantizar una renta suficiente con carácter universal, una vivienda digna para todos, un puesto de trabajo con sueldo mínimo homologable a los países prósperos del norte europeo y una jubilación anticipada.

Y, además, si me dicen que van a aplicar un castigo ejemplarizante a los buitres que nos han llevado a este estado de cosas, mi disposición de apoyo recibiría un plus de motivación.

Mi voto sería entregado aún con mayor convencimiento, si esa fuerza política emergente surge aparentemente de la nada, limpia de polvo y paja, en un entorno socio-político en el que la corrupción ha dejado de ser circunstancial para convertirse en algo estructural. Una lacra que alcanza no sólo a todos los partidos políticos con cuota de poder, a los agentes sociales y entidades bancarias, sino a las instituciones más sagradas, como son los aledaños de la Monarquía y todavía no sabemos en qué intensidad a entidades religiosas y organizaciones no gubernamentales, sin olvidar a familias relevantes en la sociedad española.

Toca vivir en un ámbito social desolador provocado y/o justificado formalmente por la “crisis”, que ha devaluado o transformado, en el imaginario popular, el sentido de algunas palabras respetables en otro tiempo, convirtiendo política en corrupción, ascetismo en pobreza, nación en rompimiento de vínculos fraternales históricos, religión en cobijo de la pederastia, defensa de la fe en terrorismo, acción policial en brutalidad represora, libertad de conciencia en fundamentalismo, justicia social en marginalidad de los más desheredados, estado de bienestar en paro y desahucio, respeto a la ancianidad y protección a la minusvalía en abandono. No es de extrañar que las multitudes invadan las ciudades en manifestaciones frecuentemente incontrolables, especialmente en la capital del Estado, reclamando justicia, educación, sanidad, vivienda, trabajo, respeto, dignidad…, y el grito unánime sea: “no hay pan suficiente para tanto chorizo”, ni “justicia para tanto corrupto”.

Por todo ello, en medio de un panorama como el descrito, no deberíamos rasgarnos las vestiduras por el hecho de que un grupo de políticos jóvenes, bien formados, con un verbo atractivo y el desparpajo suficiente como para salir sin complejos al foro público y gritar las verdades del barquero, pongan nombre a la situación que atravesamos y, emulando al líder americano que aún siendo negro en el país en el que sangran todavía las heridas del racismo levantó tantas esperanza, griten con convicción: podemos cambiar la sociedad; nosotros sí, Podemos. Y alentados por ese grito esperanzador, arrastren tras de sí, como en el cuento hiciera el flautista de Hamelín, a las multitudes desengañadas, frustradas, marginadas, desahuciadas, condenadas al destierro o a la pobreza, sin futuro cierto, sin esperanza…

No es extraño que esto ocurra, aunque sí es dudoso que resulte efectivo. Porque una cosa es hacer un buen diagnóstico de la enfermedad y otra muy diferente aplicar el tratamiento adecuado, sobre todo si no se dispone de los recursos sanitarios apropiados. Y si no, ahí tenemos como muestra a los miles de muertos recientes por la enfermedad del Ébola, en torno a las 12.000 personas; o a los condenados a morir por Hepatitis C, a falta del medicamento recetado. Ya no vivimos en los reinos de Taifas, ni en la autarquía de la posguerra civil, ni somos dueños absolutos de nuestro destino, que lo hemos cedido en gran medida a una realidad supranacional que llamamos Unión Europea. Una realidad que acogimos con entusiasmo cuando se nos ofreció cargada de regalos hasta el punto de que llegamos a creer que todos éramos ricos, especialmente el Estado, las Comunidades Autónomas y los Ayuntamientos, y nos emborrachamos haciendo aeropuertos, redes de comunicación fastuosas, monumentos locales a la mayor honra de los caciques de turno, o robando a manos llenas, que de todo hubo; y que ahora, en momentos de crisis, queremos sacudirnos de encima los compromisos contraídos, renegando de la Unión que los representa, como si de un azote sarnoso se tratara.

El problema de fondo de nuestra sociedad no es la crisis financiera que ha destruido millones de puestos de trabajo y ha debilitado el Estado del bienestar: sanidad, educación, servicios sociales, condenando a muchos conciudadanos a regresar a sus países de origen con una mano adelante y otra atrás, o a los jóvenes nativos que estudiaron y se formaron con la promesa de que ese era el camino que les abriría el futuro, al destierro en busca de lo que se les niega en su país. Sin embargo, con existir otras muchas causas, el problema más acuciante, que hace que el resto de tratamientos resulte estéril, es de valores. Al igual que su escasez ha permitido recuperar el amor al trabajo, ahora es preciso fomentar otros valores necesarios para reconstruir un país capaz de salir a flote: honestidad, sacrificio, renuncia a lo superfluo, espíritu de superación, solidaridad, tolerancia, respeto, igualdad, amor y defensa de la verdad…

Los cantos de sirena, por muy seductores que se presenten, por muy agradables y convincentes que lleguen a ser sus palabras, no dejan por ello de resultar engañosos. La leyenda cuenta que las sirenas poseían una extraordinaria voz que atraía a los navegantes y hacían que éstos se enfrentaran a terribles monstruos. Estos cantos son capaces de embelesar, de seducir y arrastrar a las personas hacia un destino grandioso con amplias perspectivas de futuro, pero la realidad es falsa, se trata de simples rumores. En definitiva, “cánticos de sirenas”.

El libro de Proverbios, una fuente de sabiduría, alerta: “Los pensamientos de los justos son rectitud; más los consejos de los impíos, engaño”. Y marca una forma de conducta: “Hijo mío, si recibieres mis palabras, y mis mandamientos guardares dentro de ti […], si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz […] hallarás el conocimiento…· El año 2015 nos plantea retos importantes de cara a nuestro futuro. Un futuro que hay que reconstruir con prudencia y sabiduría. No cabe inhibirse, sea por motivos de frustración o de confusos principios religiosos; somos co-responsables de nuestro destino, y del destino de nuestros hijos y de nuestros nietos. Movimientos de nuevo cuño nos ofrecen soluciones viejas fracasadas en el pasado, trufadas con experimentos de laboratorio elaborados en las probetas universitarias, sin haber verificado suficientemente su eficacia y esperan que nos prestemos a convertirnos en cobayas de laboratorio. La suma de prudencia + inteligencia sigue siendo el camino para encontrar la sabiduría. No permitamos que nos roben el futuro.

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