Víctimas

Por Juan Tomás Frutos

Estamos en la sociedad, en la cultura, del riesgo, y eso supone, de vez en cuando, incluso demasiado a menudo, caídas, pérdidas, enfrentamientos y fricciones con temporales y resacas. Nuestro presente y, fundamentalmente, nuestro futuro dependen de la actitud que tengamos ante las contingencias.

El experto en “victimología” Emilio Mercader, mi querido amigo, insiste en que todos somos víctimas. En verdad lo somos por esos sucesos más o menos duros que afrontamos con periodicidad, unas veces por lo que tenemos (que, a veces, nos “engancha” en exceso), en otras ocasiones por lo que no poseemos (una perspectiva que nos puede amargar), así como por accidentes propios o ajenos, por todo tipo de violencias, por la economía, por la pobreza, por la soledad, por la incomprensión…

Hay un caudal y toda una galería de eventos interpretables como generadores de una cierta victimización. Podemos ser víctimas incluso por no comprender que otros lo son únicamente como consecuencia del azar.

Miremos alrededor: gentes que pierden el trabajo, personas que se van de nuestra vera de la más variopinta manera, fallecidos, carencias de más o menos calado, vivencias que suponen sufrimiento por necesidades no cumplidas, ya sean perentorias o de otro perfil… Toda esa radiografía nos distrae y nos rompe incluso con sus vacíos, con sus penas y con sus frustraciones; y, así, nos convertimos en víctimas. La aceptación equilibrada de la realidad nos podría ayudar muy mucho a conseguir una determinada serenidad.

La única manera de salir de la dinámica “victimista”, inevitable en algún período de nuestras vidas para todos, es apartarnos de la soledad y de los pensamientos negativos. Hemos de decidir que somos capaces. Realmente podemos adaptándonos a las circunstancias de cada instante, y procurando progresar solidariamente. No es bueno que estemos solos. Entiendo que sobran gritos y enfrentamientos, si bien, en paralelo, hace falta que todos nos tengamos en cuenta, que tendamos la mano a los que menos poseen, que son los que hemos de salvar en una crisis. Han de ser “nuestros primeros”.

En nuestro afán de tener en cuenta a las víctimas, hemos de “empatizar”, indudablemente, con los niños que están solos, con los heridos por la vida, con los enfermos, con los que no poseen nada, con los que pierden a seres queridos, con los que envejecen sin alegría, con los que no saben valorar cuanto consiguen, con los que no viven los sabores amables de la sociedad, con los que no creen ni en sí mismos ni en el colectivo… Todos, ellos y nosotros, nosotros y ellos, somos víctimas en un momento determinado, en un período más o menos largo, de manera activa o pasiva, directa o indirectamente.

Demasiadas rupturas

Este sistema, que hasta ahora era de crecimientos exponenciales, o puede que infinitos, ha generado demasiadas rupturas y traumas. Un modelo que se precie, o que quiera ser verdaderamente un modelo, no puede pensar sólo en incrementos, sino que se ha de preparar para los momentos duros. Ocurre que éstos han llegado para muchos: no hablamos de números sino de personas. Parece que no siempre estamos listos para atender a los que se quedan por el camino. Sin ellos, no lo olvidemos, nada de lo que hagamos merecerá la pena. Todos nos necesitamos, todos somos necesarios.

La justificación de un sistema de bienestar se encuentra en ocuparse de los peor tratados por la historia. Si no es así, estamos hablando de otro tipo de sociedad. No olvidemos que, para reparar un problema, lo primero que debemos efectuar, en palabras de Freire, es reconocerlo. Todos hemos de tener visibilidad para proseguir y avanzar. Todos.

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