Soy idiota

Por En Cierta Medida
 
Soy idiota. Absolutamente idiota. Corto de entendimiento. Mi condición de espectador televisivo me arrastra a los abismos de la idiotez como una piedra colgada del cuello me arrastraría al fondo del mar, matarile, lile, lon, pin, pon. Sólo a un idiota como yo haría falta recordarle, después del anuncio de un medicamento, que, efectivamente, eso ha sido el anuncio de un medicamento y debo leer las instrucciones y consultar al farmacéutico. Gracias.

Los idiotas, a veces, compramos lo que nos dicen sin saber lo que compramos. Sólo a un idiota como yo hay que recordarle, cuando está viendo un programa de televisión, que después viene tal o cual “exitosa” serie (aunque sólo lleve emitido un capítulo) o tal o cual “extraordinaria” película que no me puedo perder. Gracias. Los idiotas no sabemos si una serie es buena (o “exitosa”) hasta que nos lo dicen y no distinguimos una “extraordinaria” película de un bodrio intragable... Es que nosotros, los idiotas, somos muy, pero que muy idiotas.

Sólo un idiota como yo necesita que, cuando acaba una película, una telecomedia o lo que sea, los programadores guillotinen los títulos de crédito y pasen raudos al siguiente programa, porque, si no, como soy idiota, a lo mejor cambio de cadena, o me voy a dar cabezazos contra la pared, o a balancearme rítmicamente con la mirada perdida en el vacío, o a contemplar mi colección de tapas de yogur. Por supuesto, es absurdo considerar la posibilidad de que a un idiota como yo le interesen los títulos de crédito de una película, o de una telecomedia, o de lo que sea.

Sólo un idiota como yo necesita que le den las gracias por “estar ahí” porque, como soy idiota, podría estar en cualquier otro lado. Sólo un idiota como yo puede tragar capítulos repetidos de series repetidas, capítulos desordenados de series desordenadas y capítulos con “lo mejor de” o “lo que no vio de” sin rechistar. Sólo un idiota como yo puede ver la programación matinal de cualquier cadena televisiva sin sufrir un ataque al corazón y un cortocircuito en el cerebro. Sólo un idiota como yo entiende por “programa de servicio público” lo que ellos dicen que es un “programa de servicio público”.

“¡Pero qué público más tonto tengo!”, cantaba Kaka de Luxe. Pues así canta la tele, así, así: “¡Qué público más tonto tengo! ¡Qué idiota!”. La televisión, cierta televisión, es como Charles Boyer en 'Luz de gas', cuando convence a Ingrid Bergman de que está loca. La televisión me ha convencido de que soy idiota, y eso me deprime y me da dolor de cabeza.

Tomaría una aspirina, pero tengo miedo de no acordarme de leer las instrucciones y envenenarme.

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