Matar al mensajero

Por Jorge de Quintes

¿En que se parecen Rafael Correa, líder la revolución bolivariana del siglo XXI en América Latina, y Mariano Rajoy, el más ilustre representante del inmovilismo político del nuevo siglo? Los dos presidentes, con las mismas similitudes que un huevo y una castaña, sin embargo, tienen un problema común. La comunicación. Son incapaces de explicar a su pueblo todo lo bueno que están haciendo por los ciudadanos y que estos no saben apreciar. Casi que dan ganas de ponerse a llorar por esta incomprensión.

En el caso de Mariano Rajoy hasta podemos llegar a comprenderlo. El hombre que popularizó las apariciones públicas para la prensa en una pantalla de plasma no puede pretender ahora que los españoles se sientan contagiados de entusiasmo cuando aparece vendiendo las bondades de una recuperación económica muy alejada todavía de la gente. Primero mintió descaradamente con promesas que fue desmontando una por una a conciencia y ahora pretende que le creamos. Tampoco lo ayuda mucho su expresividad y la emoción con la que trata de vendernos sus impresionantes logros. Patético.

Sorprende más el caso de Rafael Correa. Al más puro estilo de esos reconocidos demócratas Fidel Castro y Hugo Chávez dedica horas y horas a aparecer en los canales de televisión en sus rendiciones de cuentas a los ciudadanos. La más conseguida es la llamada sabatina. Cuatro horas seguidas los sábados en una especie de show ante las cámaras en el que se dedica a insultar a cualquiera que haya osado mostrarse contrario a sus decisiones y presenta un país a la vanguardia mundial en los registros más curiosos. La realidad, por desgracia, es tozuda. Estados Unidos, Rusia, Alemania, Suecia, Chile, Gran Bretaña son países conocidos en el mundo por una u otra circunstancia. Hasta Jamaica destaca por sus velocistas. Pero ¿sabe usted algo en lo que destaque Ecuador a nivel mundial?

Yo creo que Correa tampoco lo sabe. Y ahora que parece que la gente se ha cansado de un discurso repetitivo, aburrido, bronco, descalificador y comienza a salir a las calles a decirlo el presidente ha llegado a la conclusión de que los ciudadanos están desinformados. A diferencia de Rajoy, el mandatario ecuatoriano culpa de esto a la prensa independiente (bueno él la llama corrupta y mercantilista) y parece dispuesto a acallarla a base de sanciones económicas. Él también resulta patético, pero a la vez sumamente peligroso.

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