Algo se va con El Comercial

Por Conrado Granados

Lo que muchos presagiábamos desde hace tiempo sucedió: ha cerrado el café El Comercial, de Madrid, y con él se va algo de nuestras vidas, al menos de la que el que suscribe.

Tras 128 años de historia ha echado el cierre, bajado las persianas para siempre un lugar que tanto significó para tantos, y que a estas alturas del siglo XXI, será difícil, cuando no imposible, de reemplazar.

Porque El Comercial solo había uno. Un café antiguo, de los pocos, cuando no el único que quedaba en el corazón de un Madrid por el que pululan tres millones de vecinos y otro millón más entre visitantes limítrofes y 'guiris' en busca de una sombra.

Hay otro, más rutilante, El Gijón, más famoso también, sí, pero ese era y es un lugar para ver y dejarse ver, para hacerse la foto donde van los escritores famosos y poder decir en la tierra: “Yo estuve en el Gijón”. En cambio El Comercial, silencioso, bohemio, nos daba cobijo a tanta alma solitaria, a tanta gente necesitada de un lugar donde reposar, estudiar, charlar, tertuliar, o lugar de encuentro y refugio de historias íntimas.

Dicen las crónicas del lugar que desde aquel lejano año de 1887 en que nació hasta ayer fue lugar para personajes como Antonio Machado, Francisco Umbral, Antonio Muñoz Molina o Almudena Grandes, entre otros. Y también del 'viejo profesor' Enrique Tierno Galván, quien fuera alcalde de Madrid, el mejor alcalde, en mi opinión, que ha tenido la Villa y Corte desde Carlos III. El 'viejo profesor', como un cliente más, acostumbraba a tomar su cafetito y compraba de vez en cuando el décimo de lotería, esa fortuna con la que todos soñamos pero que nunca llega.

Para mí El Comercial era como la posada del peregrino, el cuarto de estar de mi casa, porque la soledad es mala compañera, y allí en mi lejano barrio de La Elipa madrileño, dicha soledad estaba preñada de silencios. Por eso acudía al café a estudiar, a quedar con mi gente, a intentar abrir alguna ventana de libertad en unos años en los que el horno no estaba para bollos.

Y como yo, mucha otra gente cortada por el mismo o idéntico patrón, cada cual con sus historias: desde los estudiantes del Ciencias de la Información que sacaban un número de su revista cada dos o tres meses para ganarse unas pesetas mientras intentaban arreglar el mundo, hasta el escritor impúber que presentaba pruebas de su libro, una obra que sin duda sería un éxito. O los tertulianos habituales de la parte superior, o los sindicalistas que se reunían en un reservado lejos de los periodistas para dar los últimos toques a un acuerdo, ya fuera el AMI o el AES, a punto de firmar con los empresarios. El Comercial de aquellos años era todo un mundo, créanme.

En mi memoria quedarán para siempre algunos de los recuerdos que ya forman parte de mi vida unidos a los del café que ayer echó el cierre, diciéndonos adiós. Allí quedaba con mi amigo y compadre Gabi, compañero de militancia desde la clandestinidad, porque él vivía en una buhardilla de la próxima calle Cardenal Cisneros, un cubículo de 27 metros cuadrados lleno además de libros y periódicos, por lo que casi no cabían dos personas. De allí marchábamos hacia el barrio de Malasaña, acabando la faena con la consabida tortilla de patatas en la tasca de Pepe Botella.

En El Comercial conocí también al Niño de las Monjas, el verdadero torero sobre el que se hizo una película, y al que le hice un reportaje para Interviú. Lo llevamos a la plaza de los toros de Las Ventas para hacerles las fotos y disfrutó, a sus ochenta años, viéndose en tan sagrado lugar de la tauromaquia, saludando y brindando el sombrero a una plaza vacía, pero feliz como si hubiera cortado rabo y orejas. El viejo torero me contó unas historias de enjuagues, contrabando y estraperlo en la España que él conoció y que encima llamaba el Régimen Grande y Libre.

En El Comercial quedaba yo también con una joven estudiante de la Universidad Complutense que hoy es mi esposa porque estaba equidistante entre su barrio y el mío, por lo que el lugar sirvió, de alguna manera, a encarrilar una vida un tanto descarriada, cosa que siempre agradeceré a uno y a otra.

Y en este café rodé también –ya como actor– parte de un cortometraje que mi amigo y director en ciernes Rodrigo Alonso tituló 'Conrad, retrato de un figurante' en el que se puede ver parte de un café, El Comercial, que nos ha dicho adiós. Vaya por él un réquiem, pero sobre todo por muchos que fuimos sus parroquianos.

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