Setenta años de ONU no son nada

Por CARLOS MIGUÉLEZ MONROY

El clima de inseguridad al que se ha sometido a media población mundial parece eclipsar un hito para la humanidad como fue la consolidación política y jurídica de un sistema internacional para el mantenimiento de la paz.

En pleno siglo XXI aún hay guerras no declaradas de manera formal por intereses de los países con más peso en el sistema internacional, conflictos internos, desplazamientos masivos por violaciones de derechos humanos, por sequías, hambrunas y las llamadas “catástrofes naturales”.

Millones de niñas y de niños no tienen ningún tipo de escolarización, otros tantos sin vacunas y sin atención sanitaria, madres y padres que no han tenido reconocido su derecho a una educación para decidir en conciencia sobre su maternidad y su paternidad, miles de millones que mueren cada año de hambre o por enfermedades relacionadas con una ingesta insuficiente de alimentos.

Bajo nuestros pies está un planeta lacerado por la deforestación masiva y la contaminación de una superpoblación extendida sin orden y sin sentido.

Visto así, no hubo mucho que celebrar el 24 de octubre de 2015. Sin embargo, no todo lo de Naciones Unidas ha terminado en fracaso como se escucha tantas veces en algún rincón de un bar. Las noticias negativas que escupen las televisiones marcan el ritmo de muchas “tertulias” porque ocultan las obras de tantas personas que se levantan cada mañana para dar luz al mundo con su trabajo, con el cuidado de sus hijos, con el cultivo de sus pasiones o tan sólo con una vida sencilla.

Si no queremos echar por tierra conquistas incuestionables que soñaron e hicieron realidad grandes mujeres y hombres, tendremos que plantear una visión crítica del camino recorrido hasta ahora con propuestas alternativas para dar luz al nuevo recorrido de ese “ente”, que no es más que la unión de distintos pueblos.

Algunos de los principales problemas de Naciones Unidas recaen en su sistema de mantenimiento de la paz. El Consejo de Seguridad fue creado para mantener el equilibrio en un mundo bipolar surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Pareció funcionar durante algunos años, hasta que se produjeron grandes descolonizaciones y procesos de independencia, en algunos de los cuales se produjeron episodios de barbarie y en los que había de por medio intereses de uno y de otro bando ideológico.

El sistema de veto se ha convertido desde entonces en un obstáculo para resolver estos conflictos armados y, sobre todo, para evitarlos con una intervención oportuna.

Algunas plataformas de la sociedad civil en diversas partes del mundo reclaman una refundación de Naciones Unidas con una revisión del papel y del funcionamiento del Consejo de Seguridad para un mundo que ha dejado de ser bipolar.

No llegó el fin de la historia, como sentenció Francis Fukuyama, sino una carrera por controlar materias primas que escasean y un mundo neoliberal dominado por el fetichismo del dinero. Así que también resultó ser falsa la hipótesis de Samuel P. Huntington sobre una supuesta Guerra de civilizaciones, aunque se hayan aprovechado del 11 de septiembre para satanizar el Islam y vendernos mejor una guerra contra el terrorismo. Lo único que existe de esa supuesta guerra son los intereses de unos y de otros, como lo ilustra el conflicto en Siria y sus consecuencias en materia de refugiados.

Algunos gobiernos se desentienden, pero poco hicieron años atrás para buscar una solución pacífica en Siria sin necesidad de orquestar golpes de Estado como el de Libia o de apoyar una invasión como ocurrió en Irak.

Si Naciones Unidas reconoce la soberanía de los pueblos desde su fundación, el resultado contrario obedece al comportamiento de ciertos países, dominados por determinados valores. Antes de vapulear a Naciones Unidas y a falta de un sistema mejor, aunque muy mejorable, conozcamos mejor el sistema de Naciones Unidas y veremos que sus fallos radican en el comportamiento de los Estados. Cuestionemos entonces los valores que llevan a nuestros “representantes” a tomar decisiones que perjudican la paz porque crean situaciones de injusticia.

Carlos Miguélez Monroy es periodista y editor en el Centro de Colaboraciones Solidarias

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