Egipto y la televisión

Por En Cierta Medida

Echo de menos la hermosísima serie documental 'Los grandes hombres de la egiptología'. En especial, echo de menos el capítulo dedicado al salvamento de los templos de Nubia. Si los seres humanos somos capaces de ponernos de acuerdo para salvar unos cuantos monumentos del pasado (los templos del Antiguo Egipto) de las urgencias del presente (la construcción de la presa de Asuán), ¿por qué no somos capaces de ponernos de acuerdo para salvar los monumentos del presente (expresados en la Declaración Universal de Derechos Humanos) de las urgencias del pasado (cercar un terreno y decir “esto es mío”, como vemos todos los días en el Telediario y como ya vio en su momento Rousseau)? El templo de Abu Simbel es impresionante, desde luego, pero no menos impresionantes son los templos éticos construidos golpe a golpe y verso a verso: ¿acaso podemos ponernos de acuerdo en la UNESCO y no en la ONU?

No he olvidado que éste es un artículo de crítica televisiva, así que voy a reformular la idea de la siguiente forma: ¿por qué no ponernos de acuerdo para salvar unos cuantos programas televisivos de su particular presa de Asuán? ¿Por qué no desmontar piedra a piedra éste o aquél templo televisivo y trasladarlo a un lugar seguro, lejos de las urgencias energéticas (es decir, lejos de los imperativos de la audiencia)? Una buena programación televisiva (como una buena y eficiente aplicación física de los Derechos Humanos) es algo por lo que merece la pena luchar y que necesita de una acción, y no sólo de una pasión. Uno de los artículos de la “Ley de sospechosos” publicada por Danton después de la Revolución Francesa decía que: “Son sospechosos aquellos que, no habiendo hecho nada contra la libertad, tampoco han hecho nada por ella”. No es suficiente, entonces, con no hacer nada contra tal o cual excelente programa (o contra tal o cual artículo de los Derechos Humanos), sino que hay que hay que hacer algo por la televisión que queremos ver o el mundo en que queremos vivir.

En resumen. Hay que salvar el cine clásico de su horario antiproletario y trasladarlo pieza a pieza, película a película, a otro lugar (otro horario). Hay que salvar las mañanas televisivas de los domingos de los aburridísimos programas religiosos. Hay que salvar el fútbol televisado del casi-monopolio privado (por pedir, que no quede). Hay que salvar la información política en la tele de la barbarie que propone Pablo Motos cuando invita a los políticos de moda a hacer el tonto en su programa. Hay que salvar el conocimiento científico que se divulga día día con enorme esfuerzo en colegios e institutos de la amenaza fantasma de “Cuarto Milenio”, y eso se consigue con más programas como “Òrbita Laika”. Hay que salvar... Pero, ¿cómo conseguirlo?

¿Y tú me lo preguntas?

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