364 días invisibles

Por Ana María de Luis

Ayer fue el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Solamente un día para hacer visible cómo viven las personas que por nacimiento, enfermedad, accidente, edad... o la misma vida que hace que las cosas sucedan, tienen que seguir sin algún sentido, miembro o algo que usted y yo tenemos y cuya ausencia ayer se vió.

No hay nada como ponerse en la piel de los millones de personas que cada mañana se levantan con la discapacidad. La Asamblea Nacional de las Naciones Unidas determinó que un día como ayer, tres de diciembre, fuera el día de las personas con discapacidad. No inválidas, no discapacitadas, sino con discapacidad: sin capacidad; la enorme capacidad que hace que mil millones de personas en el mundo se enfrenten a la vida, las barreras, la educación, el trabajo, los transportes públicos, la gente… ¿Qué hay de la discapacidad, de los programas de inclusión, de la ley de dependencia, de las ayudas para estas personas en los programas de los políticos que hoy son portada? Su fin ayer fue otro; arrancar la campaña, pegar carteles y gastarse millones de euros que, quizá, servirían para que alguna persona con discapacidad tuviera una silla de ruedas, un programa para leer mejor, un bastón para guiarse, una ayuda en casa, etcetera, etcétera.

La conciencia social empieza a verse porque existe Internet pero solamente vemos qué sucede cuando a nosotros nos falta ese algo con el que ellos, en silencio, viven cada día. Cierre los ojos y deambule por la calle. Intente ir en metro sin una pierna; trate de escuchar qué parada de autobús es, si no oye; póngase en sus zapatos porque alguna vez, en esta larga vida, todos seremos discapacitados. Todos, sin dejar uno. Necesitaremos un audífono, unas gafas para ver, tendremos un andador, no podremos correr, ver, escuchar, cocinar... ¿sabremos vivir así? Vivir de forma independiente, ser autónomos, tener las mismas oportunidades para vivir como ciudadanos de pleno derecho; ésa es la parte que falta. El acceso a la vivienda, la educación, las ayudas, la generosidad del prójimo que a veces te hace un favor si empuja tu silla de ruedas o te dice dónde está la parada de autobús.

Tenemos recursos suficientes en España, pero es una enorme contradicción porque son invisibles. Hay cuatro millones de personas que viven con algún tipo de discapacidad. Tres millones tienen una enfermedad rara que también es una discapacidad. Y no son ellos. Son sus familias, sus amigos, las personas que a diario hacen que su vida sea mejor, sea única. ¿Cuántos votos son esos? ¿Cómo podríamos hacer para que se nos viera? No quieren palabras, solamente soluciones porque las personas sin recursos no pueden seguir viviendo así...

Hay que dar las gracias –y yo en nombre de todo mi colectivo– a todas las personas que desde la posibilidad que les brinda la vida al tenerlo todo se acuerdan de las personas con discapacidad. Pocos colegas hicieron ayer un programa para los discapacitados. Y hubo un brevísimo titular en los telediarios, con algún ejemplo por encima. Pero presencia mediática no, porque somos invisibles.

Solamente hablamos de idioteces y de si Pablo Iglesias se enzarza con Celia Villalobos, de si Bertín Osborne juega con Mariano Rajoy al billar o de si Belén Esteban sale con Pepe o Juan.

Pero anoche empezó otro mundo, el de los votos. El voto de las personas con discapacidad es importante y aún hoy, 80.000 personas no podrán votar porque no hay una forma accesible para ellos. ¿Es posible? Muchas reuniones, mucha organización, muchas jornadas, congresos, palabrería que hace que hoy, en el año 16 sigamos pidiendo por favor que nos ayuden, que exista inclusión, educación, igualdad…

Hablamos de España, sí. Algunas personas ayudan a las personas, sí; pero ¿qué hay de las que se quedan sin nada? Muchas personas con discapacidad viven cada día solas y sin ayudas. Las personas con Baja Visión, por ejemplo, ven menos, no pueden seguir, no saben cómo deben hacer, no tienen cura, pero parece que no existe un espacio para ellos.

Aunque solamente sea por ayer, piense cómo podría usted vivir ese día en el que fuera llamado discapacitado. Ese día llegará y entonces no será tres de diciembre. Será el día en el que comprenda usted que, alguna vez, alguien de su entorno se quedó ciego un día, vivía sin un brazo, por un accidente dejó de andar, no oía por una enfermedad... y vivió al lado de usted. Ese día a lo mejor comprenderá que la vida no fue igual para todos.

Ellos son capaces. Claro que lo son. Su capacidad por salir del boquete y seguir es inmensa, y son un ejemplo para la sociedad y para las personas que los hemos visto reinventarse.

A vosotros, desde la tribuna que me permite haceros visibles, hoy y siempre, gracias por enseñarme un día más. Solamente ayudar a las personas que han dejado de ver me ha permitido ver el otro mundo, que –acaso– yo también desconocía. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Ayúdalos si está en tu mano. Solamente eso.

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