Aquellos tiempos de 'Billy El Niño'

Por Conrado Granado

Se está conmemorando por estas fechas el 40 aniversario de la muerte del dictador Francisco Franco, y con él el comienzo del fin de un Régimen que, “manu militari”, gobernó bajo el ordeno y mando un país durante cuatro décadas. Se cuentan historias varias, se pregunta qué hacíamos los que vivíamos por aquellos años, cómo era nuestro día a día, cada cual en su ámbito, por lo que los más jóvenes conocerán ahora historias de los más variopinto.Franco saluda a Manuel Fraga, quien fue ministro de Gobernación y jefe de la policía secreta del régimen

Se habla también de un siniestro personaje que pertenecía a la oficialmente conocida como Policía Secreta, o con otro apelativo menos rimbombante que utilizábamos los que cojeábamos del pie izquierdo, como era “la Social”. Aquel energúmeno respondía al sobrenombre, alias o apodo de Willy El Niño, si bien su nombre de pila debía ser Sánchez Pacheco, venerable jubilado que hoy pasea sus huesos por las calles de Madrid.

A tenor del ambiente recordatorio de aquellas fechas, quiero recordar también por mi parte que por aquellos primeros años setenta compartía mesa y mantel, además del rancho correspondiente, en una pensión del madrileño barrio de las Delicias con un tipo un tanto curioso, y que a buen seguro llegaría también a ser policía secreta, el culmen para algunos jóvenes que encontraron en el oficio y la “chapa” oculta detrás de la solapa la razón de su vivir. No debo recordar el nombre ni la ciudad de donde procedía como periodista olvidadizo que soy y gajes del oficio, pero baste mencionar que arribó a Madrid para formarse en la profesión, a esta bendita ciudad donde, además de ser el rompeolas de todas las Españas, se da cobijo y posada a todo el que se acerque a ella sin preguntarle de dónde viene.

Varias fueron las cosas que me llamaron la atención de aquel colega de pensión, y cada cual por su motivo. En primer lugar, el hecho de por qué había decidido hacerse policía secreta. Y el fulano en cuestión me lo comentaba con la mayor tranquilidad del mundo: “Yo estaba en mi ciudad –argüía el susodicho- y no quería, o no valía para estudiar una carrera universitaria. Y claro, siendo de clase media, en un lugar donde todos nos conocemos, no podía meterme a camarero, fontanero, mecánico o albañil. Un día me encontré por la calle con un antiguo colega del instituto, que por cierto era el más torpe de la clase, y me dijo que se había hecho policía secreta en Madrid, por lo que yo vi el cielo abierto y me dije: ¡hostias!, si este tipo, que era el más torpe de la clase, se ha hecho policía secreta, yo también puedo hacerlo…”.

Dicho y hecho, el don se vino a Madrid a estudiar para policía secreta, coincidiendo conmigo en la pensión que ya compartía con un japonés llamado Yosi Nobu Haga Michi, que había venido a aprender español, pero al que nunca vi ir a clase. El tercero en discordia era un sujeto que vendía coches usados los domingos en el rastro madrileño con un sistema un tanto curioso: hablaba con un concesionario, se hacía pasar por el mismo, colocaba 15 ó 20 coches en las calles del rastro y se llevaba un tanto por ciento por coche vendido.

Debo decir que el policía secreta en ciernes tenía una serie de atributos que le daban puntos a su favor para el ejercicio de la profesión, y algo más: alto, rubio, bien parecido, bon vivant, cosa que, no nos engañemos, abren puertas, sobre todo con las féminas. Para poner al lector en situación, hay que decir que todos teníamos por entonces unos 40-45 años menos, menos canas y más ganas de vivir. Como compañeros de pensión salíamos juntos el fin de semana, al grito por entonces en boga de “sábado, sabadete…”, por lo general preñados de intenciones, pero huérfanos de realidades… El tipo se llevaba a las chicas de calle, porque no las elegía, eran ellas las que le elegían a él, a un tipo alto, rubio, y encima policía secreta. Naturalmente siempre se quedaba con la más guapa, mientras que a mí, en consecuencia, me tocaba conformarse con la más fea, porque de todo había en la viña del Señor.

Cambiando de tercio, me comentaba el colega de pensión algunas de las cosas que le enseñaban en la academia para llegar a ser policía secreta que me llamaron la atención: por ejemplo, cómo había que tratar a los “rojos, marxistas”, que entonces eran los comunistas y socialistas en la clandestinidad, gente peligrosa para el Régimen, a la hora de detenerlos, porque les decían los jefes que esa gente resistía muy bien los interrogatorios. Y que cada cual saque sus conclusiones de la palabra “interrogatorio” en aquel tiempo y lugar…

Debo decir que me parecía un buen tipo, independientemente de la profesión que había elegido, no por vocación, como dicho queda, sino para vivir como Dios manda, una frase que venía al pelo en un tiempo en que eran Dios y Franco los que mandaban en España, uno a través de la Iglesia Católica y otro en la cúspide del Régimen, pues para eso era Caudillo de España “por la gracia de Dios”, como constaba en las pesetas de curso legal.

Una de las cosas buena a su favor que me contó el fulano fue la de que se negó a hacer el papel de policía secreta en la universidad. Hay que decir a los jóvenes que en aquel tiempo en todas las facultades universitarias había varios policías secretas que estudiaban carreras junto a sus compañeros, haciéndolo como un alumno más, pero que en realidad eran los que daban “el soplo” que acababa llegando a la Dirección General de Seguridad, por lo que la Policía Secreta estaba al cabo de la calle de lo que pasaba en el mundo estudiantil.

De política hablábamos muy poco, o casi nada. Teníamos las cosas muy claras, porque yo sabía quién era aquel compañero de pensión, y a qué se dedicaba y dedicaría el resto de su vida, mientras que por su parte él sabía quién era yo, y que había regresado de Alemania, gobernada por un socialdemócrata llamado Willy Brandt, un “rojo marxista” a las luces del Régimen, por lo que posiblemente estaría “contaminado”. Compartíamos la pensión con el japonés y el vendedor de coches de segunda con una patrona extraordinaria, que además de serlo era prima mía. En las noches de crudo frío invierno al calor de la mesa camilla y brasero de picón nos dejábamos las pestañas bajo la tulipa mientras nos jugábamos unas pesetas a las siete y media y al cinquillo, regando la compaña con un vino a granel acompañado de gaseosa recién sacada de la fresquera, ya que la nevera o frigorífico era un instrumento de lujo que vendría años más tarde.

Nunca supe más de aquel compañero de pensión que se hizo policía secreta porque, como me comentaba, si el más torpe de su clase lo había conseguido, él también podría llegar a serlo. Un tipo listo que eligió para él una profesión de postín. Le perdí la pista en los primeros años setenta del pasado siglo, e imagino que le habrá ido bien. Era un buen tipo, y eligió su profesión como yo elegí la mía. Es la historia, nuestra historia.

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