El macho alfa y el último mono

Por En Cierta Medida

La conducta de los seres humanos no está predeterminada por ciertos estímulos ambientales ante los cuales desarrollamos siempre las mismas pautas fijas de acción. Por ejemplo, los seres humanos no escuchamos “O yo o el caos” y votamos automáticamente al primer político con barba que nos pongan delante. Los seres humanos no somos como los insectos, que disponen de un reducido abanico de conductas instintivas para enfrentarse a la cambiante realidad. Los seres humanos somos mucho más flexibles y complejos.

Los seres humanos, como los demás mamíferos, tenemos una gran capacidad de aprendizaje. Podemos modificar asombrosamente nuestra conducta y adquirir nuevas habilidades que nos permiten resolver situaciones nuevas. A esto hay que añadir la gran ventaja que supone el hecho de que estas nuevas conductas no son definitivas. En efecto, al cambiar las circunstancias pueden cambiarse y sustituirse las conductas y los votos por otras conductas y otros votos diferentes.

Pues sí, nuestra conducta es cambiante. Los seres humanos, como los demás primates, somos especialmente hábiles modificando nuestra conducta tras observar la conducta de otro individuo (aunque sea observándola en la pantalla del televisor). Esta habilidad se denomina aprendizaje por imitación, social o por modelamiento. Suele ocurrir que, cuando un ser humano observa la conducta de otro individuo (aunque sea por la tele), después la reproduce. Al imitar lo que ve, el sujeto puede ser premiado y reforzado, por ejemplo, por la aprobación de los demás (por supuesto, los demás pueden aprobar esa conducta sólo porque ellos también la vieron por la tele).

Pero los seres humanos, como los chimpancés, no imitamos todo lo que vemos, no imitamos indiscriminadamente. En algunas situaciones se produce más fácilmente el aprendizaje por imitación que en otras. Puede parecer que imitamos las conductas dependiendo de las consecuencias (de los resultados) que haya tenido para el individuo al que estamos observando, pero no es tan sencillo. Aunque parezca extraño, para entender la situación antes que nada hay que tener en cuenta quién es el imitador y, sobre todo, quién es el imitado. Y más si el imitado sale en la tele.

Un individuo modificará más su conducta por imitación cuanto menor sea su rango social. Y ya se sabe que el que no sale por la tele es una piltrafilla que no tiene rango social ninguno. Por el contrario un individuo será más imitado cuanto mayor sea su nivel de dominancia y su rango social. Un político saliendo por la tele ejerce sobre el grupo el mismo poderoso magnetismo que el que ejerce sobre un grupo de chimpancés el macho alfa subido a la mejor rama del árbol. Haga lo que haga y obtenga el resultado que obtenga, siempre será más imitado por el grupo que el último mono (con perdón, claro).

Afortunadamente, los seres humanos también tenemos capacidad de tomar decisiones más allá de la imitación de nuestros congéneres. Esta capacidad, por supuesto, es muy útil en situaciones como la actual, en la que uno no sabe muy bien qué hacer con tanto macho alfa subido a la mejor rama del árbol. Los seres humanos podemos, entonces, atender menos a quién hace o dice las cosas y fijarnos sobre todo en qué es lo que hace o qué es lo que dice. Y en esas estamos. Este domingo hay elecciones.

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