Meteos el foco por donde os quepa

Por Juan Carlos Ortega

Estos días estoy escuchando muchas tertulias políticas. No es que sea el género que más me apasione, pero en cierto modo me inspiran para escribir estos artículos. Gracias al genial invento del 'podcast', puedo oír las que se emiten en distintas emisoras, algo que resultaba imposible hace solo unos años. Eso es magnífico, claro que sí, pero lleva asociado un problema espantoso: mi manera de hablar está cambiando.

Contagiado por el modo que tienen de argumentar los tertulianos, estoy notando que converso de una forma diferente con mis familiares y amigos. La semana pasada me sorprendí diciéndole a mi hijo de siete años: "Amor mío, has de poner el foco en portarte bien". El pobre, obviamente, no entendió lo que le estaba diciendo y, lleno de ingenuidad, me preguntó de qué foco estaba hablando.

Al instante, quise decírselo de otra manera para ver si así lograba hacerme entender. Respiré hondo y le solté: "Me refiero, hijo mío, a que has de poner el acento en hacer bien las cosas". Mirándome como si su padre hubiera enloquecido, quiso saber a qué acento estaba refiriéndome. No estábamos haciendo los deberes de lengua y por mucha buena voluntad que él pusiera en comprenderme, no podía ver acentos por ninguna parte. Aturdido, no supe qué responderle.

Hice esfuerzos por recuperar el modo que tenía de hablar con mi hijo antes de ser abducido por el lenguaje de las tertulias, pero me resultó imposible. Esas muletillas verbales habían calado demasiado hondo y yo ya no era el padre que él conocía. "Cariño", le dije, "no sientas desafección por mí". ¿Desafección? ¿Fui capaz de decirle a un niño "desafección"? ¿Tan contaminado estaba por el lenguaje tertuliano? Me fui temblando de su habitación, convencido de que tenía que someterme a una cura de desintoxicación oral. Él se quedó preocupado, viendo cómo su padre había perdido absolutamente el juicio.

Estuve dos días sin escuchar la radio. Aproveché para salir a cenar con mis amigos, pero las adicciones son siempre más fuertes de lo que uno supone. En casa, por ejemplo yo escuchaba las tertulias después de tomar el café, y cuando en la cena con mis amigos llegaba ese momento, mi cerebro se encargaba de establecer la maldita asociación. Y entonces, vuelta a empezar. Mirándolos fijamente les decía: "Llevamos muchos años con nuestra amistad, ¿no creéis que debemos reinventarnos?"

Silencio en la mesa
No me lo podía creer. Siempre odié esa maldita palabra, pero como la emplean en las tertulias cada tres minutos, se había instalado en algún lugar perdido de mi cerebro. Mis acompañantes me miraban estupefactos. Yo había dejado de ser para ellos el Juan Carlos de siempre. Con los ojos vidriosos y suplicantes les solté: "Entiendo que os extrañe mi comportamiento, pero, por favor, no me demonicéis".

Demonizar. Reinventar. Poner el foco. Poner el acento. Me estaba volviendo loco. Mi hijo y mis amigos ya no me entienden. ¿Por qué se ha producido este desencuentro? ¡Dios mío! ¿Lo ven? He escrito desencuentro. Esto va a peor.

¿Soy el único que ha sufrido esta abducción verbal? En absoluto. Los primeros damnificados fueron los políticos, que terminaron hablando como los tertulianos. ¿O tal vez fue al revés y fueron estos los que se contagiaron de los políticos? Qué más da. El lamentable resultado es que los unos y los otros hablan exactamente igual. Uno ya no distingue a Antonio García Ferreras de Pablo Iglesias, ni a Mariano Rajoy de Carlos Herrera. Yo me desintoxicaré, pero dudo que ellos hagan lo propio.

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