La España ingobernable

Por Mohamed Boundi

Los dos grandes partidos de España, el Partido Popular (PP: mayoría saliente) y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE: en instancia de investidura) se han revelado incapaces de reunir los apoyos necesarios para sacar el país de la crisis política más larga desde la restauración de la democracia, en 1978.

Aunque a los dos solos unidos cuenten con el número más alto de diputados (213 en un total de 350 en la Cámara baja), extreman un mutuo odio visceral por múltiples consideraciones de carácter ético, ideológico y político. Las dos formaciones son en realidad víctimas de un bipartidismo arrogante que divide ahora el país en dos bloques irreconocibles: la derecha y la izquierda.

La soledad del PP
El PP (conservador) que gozaba de una mayoría absoluta en la legislatura precedente, obtuvo más escaños en el Congreso de los Diputados en las últimas elecciones generales (123) y la mayoría absoluta en el Senado. Sin embargo decidió abstenerse de la misión de pilotar las negociaciones con el resto de las formaciones políticas, en previsión de la investidura de Mariano Rajoy. La razón es sencilla: ningún partido aceptó apoyarle.

Las motivaciones abundan puesto que la opinión pública y la clase política no están preparadas para olvidar su excesiva prepotencia en la aplicación de medidas drásticas que condujeron el país a la austeridad y al empobrecimiento de las categorías sociales más desprotegidas.

Los sindicatos debían recurrir a movilizaciones y huelgas generales para manifestar su malestar por el deterioro del poder adquisitivo de los trabajadores, las reformas del mercado laboral o la reducción de la protección social de las categorías sociales vulnerables (inclusos los inmigrantes).

Pero son sobre todo los escándalos de corrupción que salpican al PP que hacen aun imposible todo tipo de alianza con los demás partidos.

Consciente de estos avatares, Rajoy prefirió hacer marcha atrás evitando una eventual coalición para dirigir el futuro gobierno. El PP opta así por nuevas elecciones en la espera de mejorar su representación en el Congreso.

El PSOE y la nueva izquierda
Los socialistas lograron únicamente 90 escaños de diputados en las elecciones del 21 de diciembre pasado. Por la defección del PP, el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha sido designado por el rey Felipe VI para dirigir las negociaciones para para intentar sacar adelante una investidura. Sin apoyos suficientes en el Congreso, su candidatura fue derrotada dos veces por la mayoría de los grupos parlamentarios. Ha sido un fracaso personal de Sánchez, según ciertos sectores socialistas. Es también el fracaso del estado mayor del PSOE que no pudo gestionar de manera sensata las conversaciones con los demás partidos de izquierda, representados en el congreso.

El PSOE, fuerte en su pasado de partido de las masas, es ahora un caleidoscopio de corrientes ideológicas atrapadas en las luchas intestinas entre “barones” y la nueva generación de militantes en la cúpula del partido. El PSOE sufría también de los intentos de disidencia que golpearon fuertemente su unidad y redujeron su popularidad. Además, Sánchez cometió el pecado de apostar por una alianza con Ciudadanos (C’s: 40 diputados), una formación que se identifica como la democracia cristiana de España. Para algunos expertos, se trata de una marca blanca del PP debido a su composición de corrientes conservadoras. Su apoyo resultó al final insuficiente para garantizar la investidura de Sánchez.

El PSOE da además la impresión de ser un pésimo negociador en las batallas de los pactos. Lo que es cierto es que la sociedad, española ahora más aburguesada, se ha desarrollado dentro del neo-liberalismo, la opulencia del “boom” económico de los años 80 y 90, y de la doctrina conservadora de la Unión europea. La irrupción de una nueva izquierda, identificada con Podemos es un factor determinante de la ecuación política en España.

Podemos, defensor de los desamparados
Se trata de un nuevo partido que irrumpió del clamor en la primavera de 2011 de las categorías sociales más desfavorecidas como los estudiantes, los parados y todos los políticos jóvenes que recusan el bipartidismo y el rodillo de los partidos tradicionales (nacionales y regionalistas). Creado en enero de 2014, su ascensión en términos de adhesiones, votos en las elecciones europeas y municipales, y de diputados (69 escaños y el 20,6 % de los votos en las últimas elecciones generales) es un hito excepcional en las democracias occidentales.

Su punto fuerte es la defensa de un discurso totalmente distinto al de los partidos tradicionales. Sus dirigentes, todos universitarios, perfeccionan la retórica, eligen los temas (o males sociales) que preocupan la sociedad y evitan caer en la arrogancia dialéctica de los barones del PP y del PSOE. 

Podemos tiene la ventaja de gozar de la simpatía de los militantes de otros partidos de izquierda y del apoyo de las nuevas generaciones de electores, nacidos tras la transición democrática. Su credo consiste en vituperar sin reparo a los políticos implicados en los escándalos de corrupción sin desatender los estragos de la política de austeridad del gobierno del PP.

La organización de Pablo Iglesias tiende la mano al PSOE, aspira a un reparto de poder y exige asumir responsabilidades en un futuro gobierno de coalición con los socialistas. Es una nueva apuesta política y una nueva fórmula de coalición activa: “Somos nuevos pero no bobos”, proclaman algunos de sus dirigentes. 

Podemos se declara también fiel a la íntegra aplicación de su programa electoral, incluso el respeto de un referéndum de autodeterminación en Cataluña.

Para los socialistas, existen algunas “líneas rojas” que Podemos no debería en absoluto trascender: el respeto de la soberanía nacional. Aquí es donde falla todo tipo de coalición o de alianza de los dos partidos. Otro dilema: Podemos rechaza toda eventual coalición con el PSOE en la que estuviera Ciudadanos.

Este es el panorama de la crisis política que vive actualmente España. Es una circunstancia que traduce la prepotencia de los dos grandes partidos, las divisiones ideológicas y la ausencia de la cultura de pactos en España. Acostumbrados a gobernar en solitario a merced de pactos con partidos regionalistas o gracias a una mayoría absoluta, el PP y el PSOE asumen ahora la necesidad de poner fin al marasmo político y  encarrilar la nueva legislatura. Con un parlamento paralizado, España sigue siendo ingobernable.

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