La Gastronomía y la naturaleza humana

Por En Cierta Medida

Decía Aristóteles que los enemigos entre sí no tienen en común ni siquiera el camino. Se supone que la sentencia del Filósofo vale tanto para la rivalidad entre la Coca-Cola y la Pepsi-Cola como para los que se sienten de los Rolling o de los Beatles, tanto para la polémica entre racionalistas y empiristas como para la lucha entre partidarios de la intervención del Estado en la economía y los convencidos de los beneficiosos efectos de la mano invisible del mercado, tanto para la guerra entre materialistas e idealistas como para la competencia entre creyentes y ateos. Por supuesto, las palabras de Aristóteles también valen para el fútbol.

Pero Aristóteles, con perdón, no siempre tenía razón. Puede que el camino de la Coca-Cola no coincida con el de la Pepsi-Cola y que materialistas e idealistas no quieran compartir ni siquiera el camino, pero en el caso del fútbol la rivalidad entre aficionados del Barça y del Madrid, del Liverpool y del Everton o del Inter y del Milan no impide, o no debería impedir, que todos compartan el camino del amor al fútbol. Si un fanático de los Beatles puede compartir una cerveza con un incondicional de los Rolling Stones, no entiendo por qué un culé no puede compartir mesa, mantel y televisor con un merengue. Si Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger, un alemán representante de la Escuela de Frankfurt y un alemán por entonces cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pudieron compartir el camino para hablar de razón y fe sin tirarse los trastos a la cabeza, con más razón (e incluso fe) un aficionado de los “reds” y un seguidor “toffee” tendrían que compartir con alegría el camino hacia el pub para ver un partido Liverpool-Everton.

Soy de los que creen que la mente futbolística es un papel en blanco, limpia de todo signo. ¿Cómo llega a tener ideas barcelonistas o madridistas, entonces? ¿De dónde saca todo el material de la razón y del conocimiento futbolero? Contesto con una sola palabra: de la experiencia. Este es el fundamento de todo nuestro saber futbolístico, que de ella deriva en última instancia. No hay ideas futbolísticas innatas, es decir, nadie nace siendo del Barça o del Madrid. Y si ser del Barça o del Madrid es una cuestión de experiencia, como es una cuestión de experiencia que a uno le guste comer oricios y a otro le parezca una innegociable asquerosidad, entonces el odio futbolístico es tan absurdo como el odio gastronómico. A mí me gustan los oricios, pero no deseo que ese tipo que me mira con cara de asco mientras me como una docena de equinoideos se atragante con su ridículo revuelto de setas.

Soy del Barça, pero no deseo que ese madridista que me mira con cara de asco mientras celebro un gol de Messi se atragante con su ridícula insistencia en el número de Copas de Europa ganadas por el Real Madrid. Barcelonistas y madridistas compartimos, como los comedores de oricios y los comedores de revueltos de setas, el mismo camino. Con una diferencia. Ningún comedor de oricios desea que los revueltos de setas caigan en desgracia, pero la mayoría de los barcelonistas deseamos que el Madrid no gane ningún título y la mayoría de los madridistas desean que los aficionados del Barça no tengan excusa para reunirse en las Ramblas. Es así, y no pasa nada. Es fútbol, no gastronomía.

Si las diferencias raciales no van más allá del color de la piel con lo que, como dice el biólogo Graig Venter, la idea de raza es un concepto social, no científico, las diferencias futbolísticas no van más allá del color de la camiseta, con lo que la idea de raza blanca o azulgrana es un concepto también social. No existe la raza blanca o la raza azulgrana. Todos somos futboleros. Lo demás es palabrería, tontería y estupidez. En cuanto al mal disfrazado de aficionados del PSV burlándose de unas mujeres que mendigaban unos céntimos, eso no tiene que ver con el fútbol, sino con la parte más oscura de la naturaleza humana.

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