La risa salvaje como insumisión

Por Paco Audije

Deberían inventar un test de alcoholemia para políticos. Tendrían que soplar en un globito para saber si tienen derecho a conducir el país al desastre”. Coluche inventaba cualquier cosa para ilustrarnos, mientras nos hacía reír a carcajadas.  El 19 de junio de 1986, con sólo 41 años, iba en su moto, una Honda 1100 VFC,  y un puto (sí, puto) camión le mató en una curva. Claro que él iba haciendo el capullo, sin el casco de protección obligatorio. Antes, había batido el record del mundo del kilómetro en moto en la categoría de 750 centímetros cúbicos (en septiembre de 1985), con una Yamaha OW31. Murió en aquel accidente de hace 30 años (y un día o dos).

Iba absorbiendo la brisa del mar cercano, maldita sea. «Putain c’est trop con / ce putain d’ camion / Mais qu’est-ce qu’y foutait là ? / Putain de vie d’ merde / t’as roulé dans l’herbe», cantó Rénaud. Ayer, iba a escribir mi nostalgia, treinta años después… Pero era domingo, hacía un estupendo sol madrileño y estuve tomando cañitas de cerveza en el barrio de Aluche. Nos comimos unas ostras en tu memoria, Michel Colucci, conocido como Coluche.

De una estirpe de inmigrantes cobardes
Era hijo de un obrero napolitano emigrante y de una parisina. En una entrevista, le dijeron (con ironía o maldad) que su apellido no era muy francés: “Cierto –respondió con rapidez– es totalmente italiano. Mi padre huyó de Nápoles para escapar de la guerra. Somos una familia de cobardes”, respondió sin inmutarse. Quedó huérfano a los dos años y medio. Coluche, con sus genes de desertor, nació en el distrito 14 de París, por donde Montparnasse, la Cité Universitaire, Gentilly y el parque de Montsouris, donde Cortázar sitúa un episodio rayueliano con la Maga. Coluche era uno de esos tipos de un barrio cualquiera, gamberro y salvaje, a quien la muerte termina por convertir en icono secular. Él mismo inventó toda clase de términos despectivos para los autores de esa clase de operaciones culturales: los llamó “filósofos caníbales”, entre otras lindezas.

Michel Collucci, para empezar se reía de su físico, medio calvo, más o menos vestido de payaso, clown profesional, sin peinar, barriguilla de beber tintorro, etcétera. Era el antitipo, la contraelegancia. Y no tenía miedo de sus compañías en la oscuridad: “¿Qué ella tiene miedo de lo negro, de la oscuridad? ¡Espera a que me vea en pelotas y tendrá miedo de la luz!”

Pertenecía a la estirpe más brillante de los humoristas y cómicos que se convierten en vengadores de los pobres, de las clases populares, de los barrios más sucios y olvidados: “Dios dijo que debíamos compartir. Así que regaló la comida a los ricos y dejó el apetito para los pobres”. Cuando sus palabras ofendían a alguien, Coluche respondía: “¡Pues no haberme dejado entrar aquí!”.

Actualmente es un gran icono, sí, pero la mitad de Francia le odió cuando estaba vivo. No podían soportar su virulencia verbal, su perfil de borrachín de barrio, su espíritu burlón propio de los bares cutres y de los mercadillos baratos, donde se movía como pez en el agua. Su madre se ganó la vida como florista.

Desde la adolescencia, él mismo empezó en casi todo lo que pudo. Un proletario de la época. Aprendiz de florista, como su madre, ceramista, verdulero en un mercado, etcétera: “Fui aprendiz catorce veces, creo, en oficios distintos, y nunca llegué a aprender del todo ninguno”. Peleas y gamberradas en el barrio quedaron grabadas en su memoria. Dijo que se había hecho actor para no tener que trabajar en una fábrica. Actuaba casi siempre, eso sí, con un mono de obrero manchado y descolorido, como un pintor de brocha gorda a la hora del aperitivo.

No tenía ningún diploma, ni título, ni nada de nada. Únicamente la voluntad de provocar carcajadas insurrectas. El principio de sus monólogos lo definía: “C’est l’histoire d’un mec…” Los cuentos de hadas al revés, donde la ternura y la crueldad se entremezclan con el vino de los marginados. Su humor, anterior a lo políticamente correcto, era instintivo y los más finos lo criticaban. Faltaba el respeto a cualquiera, a las autoridades o a sus colegas del espectáculo, si hacía falta. Recibió amenazas de muerte diversas, entre otras de un grupo clandestino y parapolicial llamado Honor de la Policía, vinculado a la extrema derecha. “Si le amenaza a uno la policía, ¿a quien acudir? ¿Debo pedir ayuda a los ladrones?”, fue su reflexión.

En 1969 (tenía 25 años) empezó en el mundo de la farándula. Terminó peleándose con sus colegas en el Café de la Gare, cuando acumulaba público. Dicen que Francia lo descubrió en 1974 gracias a la televisión, con su vestimenta y sus aires de payaso impertinente. Con acento de castizo parisino, encadenaba los chistes desde su frase fetiche: “C’est l’histoire d’un mec…”, como si estuviera en el mostrador de un bareto cualquiera. Pasó por el Olympia (“Mes adieux au music-hall”).

En la tele, Coluche era como un bombardero loco que destripaba los discursos de la época, fueran de Giscard d’Estaing o de François Mitterrand. Luego, de repente, a finales de 1980, en un telediario de la cadena pública (Antenne-2 entonces, France-2 hoy), Coluche anunció su candidatura a la elección presidencial. El semanal Le Journal du dimanche, en un sondeo muy serio, llegó a estimar que tenía posibilidades de llegar a la segunda vuelta. Toda la clase política se puso muy nerviosa. La encuesta decía que –al menos– un 16 por ciento de los franceses estaba dispuesto a votarle.

Se retiró unos meses más tarde, no sin antes declarar: “Y sobre todo, no votéis por mí, porque yo tampoco puedo cambiar nada”. Antes, en sus verborreas contradictorias como candidato, había dicho lo contrario: “Sí, tengo la solución. Hay que emigrar a otros planetas y dejar la Tierra como nuestro basurero. El viaje será caro, desde luego, y únicamente unos pocos privilegiados podrán pagarlo: esos que se zampan el caviar con un cazo”.

Miserias y penurias
Atravesó un período duro en el que sufrió por su propio carácter y por el abandono de su mujer (él no debía ser facilito, vale). Se enfadaba con todos, gritaba, insultaba. Una vez se declaró en huelga de hambre unos días. Lo grotesco nunca no le era ajeno. En 1982, el suicidio de un amigo (Patrick Dewaere) le empujó un poco más hacia el pesar, la fatalidad y las drogas. Y en medio de un programa de televisión, dejó helada a la audiencia simulando su propio suicidio.

Puso tierra por medio, hasta que recibió un César (el Oscar francés) por su papel en el filme “Tchao Pantin”, una película dirigida por Claude Berri en la que hacía de gasolinero alcoholizado, un tipo que se correspondía con su personalidad. Déclaró, feliz de nuevo, que le habían pagado por ser él mismo.

Aquel corazón suyo
Acusado con relativa frecuencia de racismo, por no pensar en la inoportunidad o conveniencia de algunas de sus bromas, acompañó la causa de SOS Racismo en un gran espectáculo-concierto masivo celebrado el 15 de junio de 1985 en la Plaza de la Concordia, en París. Era la época del movimiento antirracista “Touche pas à mon pote” (no toques a mi colega), una fiesta en la los hijos de los inmigrados de origen magrebí y africano eran mayoritarios. “Eh, mirad, hacia el Obelisco, que no es nada francés”, saludó allí Guy Bedos, compañero entonces de Coluche en la escena.

Nunca se olvidó de sus orígenes. Fundó los Restaurants du cœur (restaurantes del corazón) para dar de comer a los desposeídos, a los vagabundos callejeros y a los sin techo. Esta crisis nos ha hecho olvidar otras, pero Coluche luchó con las crisis anteriores, olvidadas, organizando una campaña (la Tournée des enfoirés)  en la que implicó a decenas de artistas, personajes públicos y celebridades. Su agitación incansable llevó a la Asamblea Nacional de Francia a aprobar por unanimidad la llamada ‘Ley Coluche’, para eximir de impuestos las donaciones destinadas a alimentar a quien lo necesitara. Mediatizó sus ‘Restos du cœur’ y una serie de instituciones de apoyo paralelo. Miles de voluntarios se implicaron con él, extendiendo el sentido originario hacia algo más que la lucha contra el hambre: por la salud, la formación y el apoyo a los marginados en todos los terrenos. Su obra humanitaria persiste y goza de gran prestigio social en Francia. Durante 2015, los casi 2.100 restaurantes del corazón repartieron 130 millones de comidas para más de un millón de personas, con el apoyo de 70.000 voluntarios.

Además de sus chistes salvajes y sus incoherencias magnificas, dejó todo eso como herencia, como testimonio del corazón de Coluche. Cuando hizo el intento (o remedo) de ser candidato a la presidencia de la República, escribió un manifiesto cómico-político (Avis à la population) en donde dejó claro a quien se dirigía «Llamo a los holgazanes, a los mugrientos, a los drogados, a los alcohólicos, a los maricas, a las mujeres, a los parásitos, a los jóvenes, a los viejos, a quienes están en el ‘maco’, a las tortilleras, a los negros, a los peatones, a los árabes, a los franceses, a los melenudos, a los locos, a los travestis, a los antiguos comunistas, a los abstencionistas convencidos, a todos los que no cuentan para los políticos. Votad por mí y extended la buena nueva».

Aquel manifiesto escatológico y singular, estaba lleno de una insolencia brutal. Imprescindible.

Treinta años (y un día o dos) después, lo echo de menos. Coluche, qué gran fustigador de pelotudos y gilipollas. Dijo entonces que si los otros candidatos querían que él abandonara la política, ellos tenían que dejar de hacer reír. Putain de camion.

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