Carta abierta a los indecentes del PSOE

Dirigida a ‘baroncitos y sultanas’ (J. Marías) y a la presunta comisión gestora del golpe: “¡A la mierda!”

Por Ignacio Fontes

Llamadle como queráis; echaos todos los afeites que tengáis a mano; disfrazaos de humildad con la piel del cordero cobrado con vuestras “fauces alobadas”; atufadnos los oídos con llamamientos huecos al bien de España, del que diréis que, por superior, está sobre el interés del partido –prudentemente, no aludiréis al vuestro–; retorced las normas e instituciones de vuestra organización como queráis u os dé de sí la imaginación…, pero no nos vengáis con cuentos.

¿Cómo llamaríais si el Consejo Superior del Ejército, el Consejo General del Poder Judicial o la Cúpula del Ibex-35 dijera/n: “Se acabó todo [en frase de los dimisionarios socialistas]; usted, elegido democráticamente, ya no es presidente del gobierno?”. Golpe de estado, ¿no? Pues eso, como vuestro estadillo, camarilla de truhanes, aunque no da para tanto: golpe de estado palaciego.

Esto sí es histórico: apuntaos el tanto de ser los primeros que, investidos de salvadores iluminados de la patria del partido, embestís contra un secretario general elegido por los militantes, el primero de vuestra historia y de la democracia. No vais a tener pecho para tantas medallas como os vais a tener que colgar: el partido destrozado, las pérdidas de poder –a Castilla-La Mancha continuará una sangría–, un discurso teñido de traición y mentira, la sociedad desconectada de vuestros tejemanejes, cachondeándoos de las normas establecidas…: vais a parecer como esos oficiales norcoreanos que llevan prendidas medallas hasta en los pantalones. Nada de héroes: caricaturas de franquitos, fraguitas, pinochetitos, erdoganitos: traidores, como todos los golpistas. Pasaréis a la historia como la escoria que sois: ya estáis en la boca de los humoristas con la banda sonora del golpe del innoble Tejero como fondo.

Sánchez no está en mi carpeta de Favoritos
Vaya por delante que el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, no figura en mi carpeta de Favoritos, en la que sólo acojo a aquellos que antes que buen-lo-que-sea es buena persona, una vieja idea-sentimiento que siempre aplicaba en mi vida profesional, y en mi vida, y que luego vi coincidente, con albricias, con las enseñanzas del maestro Kapuscinski.

La confianza, que otorgaba de oficio por ser el secretario general elegido en primarias por sus propios, caducó con el que me pareció vergonzoso proceder contra el secretario general del PSOE-M, Tomás Gómez –ya tenemos bastante con los aires autócratas que nos rodean a derecha e izquierda–, así como consideré sencillamente innoble la actitud indiferente e insolidaria que mantuvo con su víctima tras el pronunciamiento favorable de los tribunales. En eso, nada he variado; si acaso, incrementado con sus intromisiones en los partidos de Murcia y Galicia.

No lo consideraba, pues y siempre para mi gusto, el dirigente que necesitaba el PSOE para volver a dirigir el país. Pero en esto sí cambió mi opinión tras las elecciones del 20-D: contra pronóstico, se me reveló como un líder político aseadito –en esta época, todos lo son diminutivos–, capaz de poner un poco de orden en el gallinero. Su movimiento me pareció verdaderamente inteligente para sus designios y útil para la sociedad, pero los 200 puntos acordados con el líder de C’s para un gobierno de progreso estaban llamados al fracaso preestablecido: el PP iba a hacer como si no supiera leer y P’s venía en modo kata crecidito para darle una patada al tablero. Tras las elecciones del 26-j, sí me llamó la atención que florecieran como hongos en otoño, o cualquier otro tópico del muestrario, las peticiones de abstención y las soflamas por “el bien de España”, ausentes ambas hasta la convocatoria de esas segundas elecciones.

A partir de esa fecha, en el puchero se puso a bullir una empalagosa algarabía en la que se mezclaban sujetos como el tal Tébar, el del fúrgol, el que dice que “hace falta un Le Pen en España”, hasta el respetabilísimo catedrático y exministro José María Maravall en un repulsivo caldo en el que flotaban cabezas de diversa apariencia, desde honorables a mindundis. Faltaban en la olla gitana, potaje vegetariano de mi patria grande que debe su apellido a “lo anárquico de sus ingredientes”, los ingredientes que se echaron a puñados: deshilachados sentimientos patrióticos –por “el bien de España”–, endebles pudores exteriores –“¿Qué dirán de nosotros en la UE?”– y reproches por haber cosechado “los peores resultados de nuestra historia” –entendiendo ‘historia’ por ahora que he llegado yo–.

Pero Pedro resultó ser Pétreo (Carlos Alsina, ‘Más de uno’, Onda Cero, 270916), por el mero hecho, quizá yo esté equivocado, de limitarse a obedecer el mandato del Comité Federal, imperativo, que había decidido, por u-na-ni-mi-dad, golpistas incluidos, no votar a Rajoy ni abstenerse en su investidura. ¿Tenía que desobedecer al CF porque así se lo dijeran en la prensa por tierra, mar y aire unos cuantos, eso sí, gritones y en portada de la prensa de partido, del otro? De ello deduzco que González simplemente mentía cuando declaró: “Sánchez me dijo que se abstendría en segunda votación. Me siento engañado” (“Hoy por hoy”, Pepa Bueno, Cadena Ser, 270916). Lo que, por qué será–reflexiono con dolor–, no me extraña nada.

El indigno papel de González y otros medios
Felipe González ha hecho el mismo papel que hizo Manuel Fraga en 1989, cuando dio su golpe palaciego en el PP, entonces aún Alianza Popular, para designar a dedo a Aznar contra el elegido congresualmente Antonio Hernández Mancha –a quien he denominado ‘Juan Pablo I del PP’, pues, como el efímero papa por los suyos, fue ‘asesinado’ por los poderes fácticos del PP cuando se dispuso a terminar con el nido de víboras corruptas que era el partido de la derecha–. Mutatis mutandi, González ha terminado por imitar a su viejo rival –el rival ‘joven’ fue Aznar– propiciando, encabezando, diseñando el golpe de estado palaciego asestado contra el PSOE. A mí no me cabe la menor duda. Pues aunque la fatua Díaz, el enredador Bono, a los lenguaraces Corcuera y Leguina ni los han llamado, y los “baroncitos” puedan compartir el cuajo, desahogo, caradura de los que hace gala y tiempo el expresidente del gobierno, ninguno de ellos ni de los restantes tienen su inteligencia política ni, por supuesto, sus contactos e influencia. Son ‘pequeñitos’; ni uno de ellos se atrevería a dar tal paso sin su bendición y consejas… Como, además, han demostrado con la extrema torpeza de la organización del golpe; como dijo acertadamente el exministro y exsecretario general del PSOE, también víctima en su día de la complicidad viejo aparato-El País: “Si esto fuera un golpe de estado estaría organizado por un sargento chusquero” (“Borrell, en la Ser: “Que yo sepa, el Grupo Prisa no puede cesar al secretario general del PSOE”, eldiario.es).

Todo golpe de estado, nos enseñan los tratadistas del ramo, exige la ocupación de los medios de comunicación y, en este sentido, El País ha hecho un trabajo impecable, como para nominarlo a su premio Ortega y Gasset de Periodismo, una campaña inclemente y despiadada contra Sánchez donde todo insulto y desvalorización ha tenido asiento desde el 26-j hasta hoy mismo. Lo hemos documentado con pelos y señales en un artículo anterior (v. “El País: el editorial como propaganda. El insulto y la descalificación ad hominem como estilo periodístico”, Periodistas en Español, 170916). En él escribía, con talante disipado, que “Como observará el lector atento, a El País sólo le falta decir que ‘Sánchez es un hijo de la gran puta’”.

Poco le falta para llegar a ello: “Sánchez ha resultado no ser un dirigente cabal, sino un insensato sin escrúpulos que no duda en destruir el partido que con tanto desacierto ha dirigido antes que reconocer su enorme fracaso”, decía al día siguiente del golpe, que calificaba –también sin ponerse colorados– de “cese inevitable y legítimo” (“Salvar al PSOE”, editorial, 290916), porque, como es “tramposo”, “Pedro Sánchez maniobra para eludir la responsabilidad de las continuas derrotas”, “Esto es la marrullería de un dirigente contestado internamente y decidido a continuar la fuga hacia adelante sin causa que defender” (“Un partido secuestrado”, editorial, 280916).

De la futilidad y arbitrariedad de la campaña, dos ejemplos indiscutibles, si no lo son los ya consignados, para que el lector juzgue: titular de una noticia sobre las vacaciones de los líderes en el puente de agosto: “Rajoy ‘reflexiona’ en Pontevedra; Rivera coge ‘un fin de semana familiar’: Sánchez se esconde en Almería e Iglesias se retira a ‘descansar’” (El País, “La política hace puente”, 150816): todos los líderes en ocupaciones dignas menos el villano Sánchez que se esconde. Y una frase muy significativa de uno de los editoriales de este periodo: “(…) tienen razón los expresidentes Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero al pedir un debate interno entre los socialistas para decidir si se quiere pasar a la oposición en esta legislatura o forzar unas terceras elecciones generales en diciembre”: en cuanto Sánchez decidió abrir ese debate en el seno del PSOE, la postura editorial de El País, fútil y arbitraria, decayó: el golpe ya no quería hablar; exigía la cabeza del ‘bautista’. Los ‘excavadores’, diría Le Carré, del lugar hemos de remontarnos a los editoriales de la dictadura franquista, a los del Arriba vestido de azul y a los de ABC contra la oposición clandestina o contra el estudiante asesinado Enrique Ruano, para hallar paralelismos de semejante indignidad.

Digamos, de paso, que la colaboración del resto de los medios impresos y de la gran mayoría de los digitales –las gloriosas excepciones están, deberían de estar, en la cabeza de todos– se daba por supuesta, se suponía, como el valor en los cobardes soldados que no han recibido ‘bautismo de fuego’, y la realidad lo ha confirmado. Los que tanto pían del “bien de España” no han dudado en ponerla en ridículo jaleando y aplaudiendo este golpe de opereta bufa.

Doble legitimidad contra lo ilegítimo
Los golpes también requieren una excusa: la ‘mecha’. Como el asesinato de Calvo Sotelo fue la excusa para perpetrar el golpe de 1936, la convocatoria del Comité Federal y la del subsiguiente Congreso fue la excusa de los Diecisiete Magníficos para ejecutar el suyo. Paso a paso y hecho a hecho: desde hacía semanas, la conspiración iba fraguándose, ganando voluntades para ‘rebañar’ las 17 necesarias para hacer decaer la Ejecutiva Federal. A las voluntades que obedecían a sus propios intereses, las de los que Javier Marías denomina “baroncitos y sultanas”, se fueron sumando otras tibias. Unas, por razones “fieramente humanas”, como la de Tomás Gómez, lógicamente ansioso por devolverle el golpe que Sánchez le atizó en su partido en Madrid –a quien, aunque entiendo su ansia de venganza ciega por ser yo también de esa condición, no termino de verlo en medio de la gente a la que acompaña–, y seguramente también sería el motor de las de otros, que así se vengaban del ofensor aún a costa de tragarse el sapo-señuelo de la abstención que hará presidente del gobierno a Rajoy, “por el bien de España” y “aunque no se lo merezca”, gallardetes inmorales de la tropilla conspiradora. Y, en fin, otras voluntades, por vaya usted a saber: es el caso de la de Ximo Puig, quien gobierna de la Generalitat Valenciana gracias a Compromís y Podemos y que ha sido el primero en ofrecer explicaciones sobre su militancia en la colla de apuñaladores: según ha dicho, porque fue desautorizado por Sánchez cuando intentó presentar una lista conjunta con sus socios al Senado… Un sujeto tal no es que no merezca la confianza de los que te apoyan; es que no lo merecen los valencianos. Pero, ¿no fuiste tú el que animabas a Sánchez a pactar con P’s según la hoja de ruta que preparó Compromís?

Diréis, confabulados, lo que mejor os parezca a vuestra defensa, para vuestra justificación, pero los hechos son los hechos. Sólo haciendo gala de cinismo, la secretaria general de la presidenta de la Comisión de Garantías del PSOE, Verónica Pérez –la ridícula de “La única que manda en el PSOE soy yo”–, y la jefa de la cuadrilla que mueve los hilos de la marioneta –dicho sea con todo respeto para las marionetas–, Susana Díaz, secretaria general del PSOE de Andalucía y presidenta de la Junta, pueden referirse a los desastrosos resultados electorales del PSOE sin ponerse coloradas –si es que saben, que avisaba el llorado José G. Cano que el problema del PP es que “no saben ponerse colorados”– para exigir la dimisión del secretario general, su enemigo. En este enlace que transcribo, el lector curioso podrá constatar que para resultados pésimos en la historia del PSOE –y aquí si utilizo bien el término “historia del PSOE”, no como los que lo esgrimen refiriéndose a los obtenidos por Sánchez–, los logrados por estas dos señoras y el resto de su alegre pandilla andaluza, el Durán y el Pradas, de feria en feria y de romería en romería. La intervención de este último ha sido patética: invocando la ley que él y otros 16 habían pateado previamente (‘Hora 25’, Ser, 280916). Como la Díaz pidiendo “unidad” y ofreciéndose a “coser” los desgarros que han producido; hay que tener más jeta que tacones… Os van a pagar con las mismas 30 monedas de desprecio con que pagaron a los traidores de UCD.

A vuestra falta de legitimidad, el secretario general del PSOE la tiene doble: la otorgada por el voto directo de los militantes del partido y la de ser fiel cumplidor del mandato del Comité Federal. Creo que tiene la obligación de defenderlos a ambos, base e instituciones del partido, frente a las pretensiones ilegítimas, turbios intereses y ambiciones desmedidas de un grupete de cargos medios nombrados por los aparatos que ellos mismos controlaban.

Unas consideraciones finales personales
Hace mucho, al principio de 2014, escribí acerca de las confidencias que me había hecho una fuente fiable sobre el papel de los servicios secretos en el origen espurio de Podemos, al que no fue ajena La Moncloa, a fin tanto de encarrilar el movimiento del 15-M antes de que se organizara por su cuenta como para torpedear al PSOE por su izquierda. Del origen de Ciudadanos habría que buscarlo en esos ‘think tanks’ aficionados a los experimentos de laboratorio. Lo que ocurre con los sueños de la razón, avisó Goya, es que a menudo crean monstruos. Y éstos se hibridan.

En mis años jóvenes me ofrecieron en dos ocasiones ingresar en el Partido Comunista de España, un compañero de la facultad de Ciencias Políticas de la UCM y, luego, un colega periodista. Yo era lo que se llamaba un ‘compañero de viaje’, atento, y un eficiente ‘tonto útil’, lo que me hacía elegible. Pero rechacé ambos ofrecimientos, tanto por razones personales: mi dificultad para encuadrarme en nada y mi rechazo a la obediencia al que no me sabe enseñar, como profesionales: me parecía incompatible el ejercicio del periodismo con la militancia –aunque conocí muy buenos periodisas del PCE–; luego, por esta misma razón, rechacé varios trabajos, unos en la esfera pública y otro, que recuerde, en la empresa privada de un despechado que publicó un semanario anti-PSOE.

A la hora de votar, en las Constituyentes de 1977, me incliné por el PSOE; seguramente, me decidió pensar que era el partido que conectaba mejor con la tradición ilustrada de la II República, no necesariamente republicana, que yo había elegido como norte de mi formación. Por lo demás, eran tiempos de adscripción del PSOE a las causas nobles, desde devolver a los saharauis su patria expoliada a la educación pública y laica. Desde entonces, salvo en el referéndum sobre la OTAN y en determinadas candidaturas al Senado, he votado al PSOE. Con mucha menos fe progresivamente que en aquellas gozosas primeras votaciones –como todo, incluso ‘eso’, lo único, en la vida–, pero siempre con la misma convicción de mantener fuera del gobierno de mi país a un partido reaccionario, unido umbilicalmente al franquismo y la reacción más rancia.

En fin, en una circunstancia dolorosa para mí, el gobierno de Felipe González procuró mi despido de la dirección del semanario ‘Interviú’ –a cambio, eso sí, de suculentos sobornos en forma de vídeos de toros y fúrgol subvencionados por la Dirección General de Tráfico–. Y es que, con El País, éramos los únicos que informábamos de los crímenes de los GAL –con el PCE en el ámbito político-parlamentario– y de las operaciones sucias de los servicios secretos del gobierno, como antes lo habíamos hecho con los crímenes de ‘los gal antes del GAL’, el Batallón Vasco-Español, Antiterrorismo ETA, la Triple A…, amparados por los gobiernos de UCD y, al final, por un intocado Jaime Mayor Oreja, delegado del gobierno en Euskadi.

Mientras nosotros informábamos, ajenos a las amenazas a figurar en las listas de fusilables de todas las conspiraciones golpistas, la sociedad y el resto de partidos y prensa aplaudían con las orejas el ojo por ojo y el etcétera por el etcétera –es famosa la invocación de Pedro J. Ramírez al ministro Barrionuevo de “más eficacia y más discreción”–. Pues bien, incluso en esa tremenda, para mí, coyuntura deduje que, como decía con su añorada ironía el malogrado Juan González Yuste, “para esto no nos levantamos el 18 de julio”, de modo que seguiría diferenciando entre PSOE y dirigentes socialistas, como siempre lo he hecho entre principios e ideas, y continuaría votando PSOE.

Hasta aquí ha llegado la riada. El golpe se ha consumado y los aparatos golpistas del PSOE representados en el Comité Federal se han impuesto a los respetuosos con la voluntad de los militantes que eligieron a Pedro Sánchez como secretario general. Conspiradores indecentes, os digo lo que dijo mi lejano pariente Fernando Fernán Gómez: “Quedaos con ese mundo vuestro −que no comprendo− donde la mentira, la infamia y la avidez campan a sus anchas. Y que os aproveche. Mejor dicho: ¡Que se os indigeste!”. Y concluyo con él: “¡A la mierda!”. Aunque eso suponga condenarme a la abstención o al voto en blanco lo que me quede de vida electoral.

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