Confianza y malditas realidades

Por Juan Antonio Frutos

Leo en alguna parte que Siria no es un país para niños. Un lugar que no admita a los más pequeños, como aquel que no comparta los mejores escenarios con los mayores, está condenado a su desaparición. Lo malo es que se sabe cómo y por dónde empiezan las cosas, en un momento determinado, pero no como concluyen. Por eso los silencios y las posturas de no intervención no son válidas cuando hablamos de la defensa de los derechos esenciales. Estos no se contienen en textos magnos porque sí: son tan fundamentales que sin ellos nada tiene sentido, aunque no reflexionemos al respecto.

La vida es eso que transcurre mientras hacemos planes sobre lo que es conveniente o no. La inacción, la distracción y el hastío son también pecados capitales que, afortunadamente, no siempre se convierten en síntomas de impotencia ante lo que se desarrolla. Hemos de tener ese afán de rebeldía que busque el equilibrio desde la consideración de que el ser humano es la medida de todo.

La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, además de ser muy cohesionadora en los procesos de comunicación y de divulgación, es la base para que recuperemos la credibilidad en el sistema, que tiene sus cimientos en la solidaridad con los que padecen, con quienes menos poseen. La circunstancia de la necesidad tiene nombres y apellidos temporales: de ahí que sea preciso darnos garantías con el fin de evitar que nadie quede en la agónica soledad tras carencias que se pueden y se deben suplir. Ahí, en la falta, podemos estar cualquiera.

Somos conscientes del deber de la Sociedad Internacional, como se indica en Declaraciones y Tratados superiores, de defender los Derechos Humanos. Las leyes están confeccionadas para servir al ser humano, y no al revés. Los intereses más o menos ocultos, más o menos exhibidos, no son argumentos para dejar que otros mueran cada día en las calles por guerras que a todas luces son innecesarias. Siempre lo son. Cambiar la perspectiva es cuestión de actitud.

La verdadera dimensión de la inteligencia se advierte en su capacidad de hallar respuestas a las numerosas interrogantes del Destino. Decimos que esa sabiduría existe o que la dejamos actuar cuando las controversias y los conflictos se resuelven, cuando progresamos desde la estima de que el conjunto es el punto de partida y lo individual dignifica, si tenemos en cuenta cuestiones éticas y estéticas, como anunciaba Nietzsche.

Superar la contradicción
Vivir en la contradicción permanente, en ausencia de armonía y de justicia, no es el baluarte mejor para deambular por unas sendas que han de enseñar los más loables itinerarios si deseamos que la tranquilidad y la dicha, como nos merecemos, nos acompañen.

Me duelen muchos acontecimientos que se solapan o que no acontecen, pero lo que más me preocupa es la desesperanza. Demos con ella, pues, y hagamos que cuaje en cada poro, en cada resquicio de nuestros ecosistemas. No aceptemos con resignación que las iniciativas son como son: se afirman como las hacemos propiamente. Sin confianza en el porvenir, no lo olvidemos, no nos salvaremos ni a nosotros mismos. Las malditas realidades se han de superar, y no sobrellevarlas como hasta ahora.

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