El conocimiento y los movimientos culturales

Por Roberto Cataldi

Los seres humanos en determinados momentos actuamos como espectadores pasivos y en otros lo hacemos de manera activa, como si fuésemos investigadores o experimentadores al procurar observar los fenómenos e indagar sus causas.

Todos conocemos muchas cosas pero también ignoramos muchas otras. Una manera de denostar a un individuo es calificarlo de ignorante, claro que no existe un ignorante total, que no sepa un montón de otras cosas. Cuando se trata de las masas, éstas siempre fueron consideradas totalmente ignorantes, como si no supieran nada de nada, y esto alentó la tendencia a tutelarlas, invocando una lógica pedagógica que termina generando un imaginario colectivo. El líder político asume el papel de padre o maestro y, en el caso del mesianismo, se considera que es el único que de antemano conoce el rumbo. Como padre ejercería un paternalismo de regla y como maestro acortaría o suprimiría la distancia entre su saber y la ignorancia del ignorante. Jacques Rancière menciona el “saber de la ignorancia” como el conocimiento de la distancia exacta que separa el saber de la ignorancia.

Hace un tiempo leí a un sociólogo brasileño que sostenía que los pueblos anglosajones de hoy tienen gran capacidad técnica pero no saben qué hacer con la vida, y que para los pueblos de América Latina es más fácil adquirir tecnología que dotarse de humanismo, ya que éste se tiene o no, mientras que la tecnología se adquiere. No hay duda de que es mucho más laborioso incorporar las humanidades que la tecnología. El humanismo está ligado a la educación y la cultura, vinculado en gran medida con las políticas pedagógicas que adopte un Estado. La tecnología depende del desarrollo y en su defecto del poder económico para hacerse de ella cuando uno no la produce.

En la Grecia clásica Pitágoras y Aristóteles fueron representantes del universo humanístico y también del universo científico. Durante el Imperio Romano algo similar aconteció con Plinio el viejo y su sobrino Plinio el joven. En el Renacimiento se dio con Leonardo Da Vinci y Erasmo de Rotterdam. En toda época hubo quien transitó por ambas islas y se convirtió en el puente que une las orillas. Rafael Sanzio pintó la Escuela de Atenas, allí aparece Platón señalando el cielo (el idealismo) y Aristóteles la tierra (el realismo). Marcel Prélot sostiene que Platón simboliza lo ideal y personifica a la filosofía, pero Aristóteles encarna lo real y representa a la ciencia; me parece una simplificación riesgosa, sin embargo debemos admitir la visión aristotélica como la visión de la ciencia moderna, sin duda hoy triunfante. A comienzos del Siglo XVI Erasmo de Rotterdam acumulaba prácticamente la totalidad del saber de la época, es decir, filosofía, teología, literatura, ciencia, astrología. El autor de “Elogio de la locura” era considerado un sabio y, el conocimiento que entonces existía podía ser abarcado casi en su totalidad por la mente humana, hoy resulta imposible.

Ya en el Siglo XX, a fines de los años 50, Charles P. Snow, físico y novelista inglés, señaló que la vida intelectual de la sociedad occidental se divide cada vez más en dos grupos entre los que existe mutua incomprensión, hostilidad, antipatía y, por sobre todas las cosas, falta de entendimiento. Snow, en “Las Dos Culturas”, sostuvo que de un lado estaban los “intelectuales literarios” y del otro los científicos. En la práctica, la torre de los hombres de letras excluye a los científicos, por más prestigiosos que éstos sean y, esta exclusión obedece a la carencia de conocimientos humanísticos que se verifica en la gran mayoría de los hombres de ciencia. Miguel de Unamuno creía que lo de España era la mística, y añadía: que investiguen ellos, es decir, los otros, los extranjeros. Jean Paul Sartre, al igual que otros pensadores de su tiempo, manifestó abiertamente que no le interesaba el discurso científico. En fin, me animo a formular una hipótesis contra-fáctica: si hoy viviesen cambiarían de opinión.

A principios de los años 90, John Brockman, un empresario cultural estadounidense, habló de la Tercera Cultura, aquella formada por los científicos y otros pensadores empíricos, que a través de los medios de comunicación relevaron a los intelectuales tradicionales en la tarea de redefinir quiénes somos y qué somos, cuáles son los problemas profundos de nuestras vidas, esos que a simple vista no se ven. Estos pensadores tomaron la posta de los que comenzaron a formarse en la década del 50, capaces de hablar con soltura de modernismo, de psicoanálisis, de marxismo, pero que ignoran muchos de los trascendentes adelantos científicos y tecnológicos de nuestro tiempo, y lo que para mí es grave, se muestran orgullosos de exhibir en público esa ignorancia. Por esa razón, estos profesionales y académicos no tendrían la cualificación esperable en un pensador del siglo XXI.

Un fenómeno de nuestros días son los jóvenes economistas devenidos en intelectuales a partir de la crisis desatada en el 2008. En efecto, ellos escriben libros sobre la crisis que rápidamente se convierten en best sellers, el gran público los acoge, tienen éxito, al punto que se han convertido en líderes de opinión y son convocados permanentemente por los medios. Para un periódico español, serían los nuevos intelectuales, aunque enseguida el columnista debe reconocer que un economista, es, un economista. Su conocimiento técnico de la materia en cuestión supera al de otros individuos, pero no en lo que tiene que ver por ejemplo con la política, los problemas sociales o la vida cultural.

Durante mucho tiempo el debate público estuvo dominado por cuestiones morales que alimentaron tesituras intelectuales que dejaron secuelas. El problema que advierto es que muchos de estos nuevos intelectuales, debido a la irresistible atracción de la exposición mediática y la influencia lograda, están tentados de opinar sobre cualquier cosa y hasta creen que pueden solucionarlo todo. Claro que para ser justos, eso también le sucedió a no pocos de los viejos intelectuales, quizá porque a los unos y a los otros, las candilejas terminaron por deslumbrarlos.

El negocio de la educación
Desde hace un tiempo la distancia entre las humanidades y la tecnociencia se ha tornado excesiva, y esto se verifica tanto en la escuela secundaria como en la universidad. Jostein Gaarder, autor de “El mundo de Sofía”, comentaba que en su país, Noruega, todavía se sigue la tradición de la Edad Media en el sentido de que, antes de iniciar la universidad, es necesario estudiar filosofía durante medio año. Creo que las referencias compartidas tienen su valor. Por otro lado, no es casual que algunas universidades del primer mundo hayan desvirtuado el genuino espíritu de la institución convirtiéndose en escuelas profesionales, donde el utilitarismo pedagógico alcanza cimas peligrosas. No se puede negar que existe una fuerte presión del mercado, que las empresas buscan que la universidad se encargue de formar a sus futuros trabajadores, y que el negocio de la educación sigue en auge mientras la calidad educativa en términos generales se deteriora. Las escuelas de negocios están sustituyendo a las escuelas humanísticas. La búsqueda de rentabilidad económica ha irrumpido en todas las esferas de la vida como una exigencia inexcusable,  metiéndose de lleno en las formalidades y en los contenidos de la educación y, siendo responsable del déficit cultural que hoy evidencian muchos estudiantes, profesionales y también expertos en distintas ramas del saber.

En Madrid le oí decir a Francisco Umbral que Gregorio Marañón era el último hombre del Renacimiento. Creo que exageró, también había otros con perfil similar. Marañón, con inteligencia y elegancia, supo articular el mundo de la ciencia con el de las letras. Es lamentable que el sistema, este sistema, denote apatía por el humanismo, cuando no hostilidad, así como un fingido interés por el humanitarismo al que procura enaltecer con una retórica altruista pero en cuya trastienda  sólo hallamos el marketing.

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