La mala visión

Por Ana María de Luis

Vemos o no vemos. Hasta ahí la cosa va bien. 39 millones de ciegos intentan sobrevivir en este mundo poco inclusivo; se van haciendo cosas dice la gente, se va entendiendo que existen personas con discapacidad, “oficina de diversidad” reza en una universidad, ya se habrán acostumbrado, dicen otras.

Sí, los discapacitados visuales somos muchos; 285 millones de personas en el mundo. Efectivamente, somos diversos, aunque no nos vean, aunque no llevemos en ningún sitio escrito qué va con nosotros cada vez que nos levantamos. No se entiende qué nos pasa porque no nos pasa a nosotros; no se ve, no llevamos bastón blanco, no llevamos un perro guía, leemos el móvil, pero somos incapaces de ver un autobús. Lo explicamos, pero no nos entienden… somos así de cafres, “ande yo caliente, ríase la gente”.

Pero, ¿qué hay de la discapacidad que compartiremos todos alguna vez? Sin remedio vamos a ser discapacitados en algún momento de nuestra vida, y digo esto y no personas con discapacidad porque eufemísticamente así nos describen. Discapacitados porque todos necesitaremos a alguien; alguien que nos lea un texto, que nos hable más alto, que nos muestre el camino, que nos empuje la silla por una rampa o que nos muestre dónde está el ascensor. Todos sentiremos que somos presos de pedir porque de forma autónoma ya no somos nosotros; somos personas con discapacidad y a eso se le puede sumar el apellido dependiente, con baja visión, etc, etc, etc…

Cuando la discapacidad convive con uno, el sentimiento de dependencia se incrementa. Notamos que las cosas no son iguales porque existe el deseo de seguir pero no podemos. Solamente podemos pedir; ¿qué pone ahí?, ¿dónde está el cartel del metro? ¿dónde está el ascensor para salir? ¿qué ha dicho usted? Y ahí llega lo bueno. Lo mejor de todo es que el “buenismo” no se instala en esta sociedad competitiva y hedonista. No consideramos que debemos ayudar porque nadie nos lo ha enseñado, ni en casa ni fuera de ella. Solamente nos suena aquello que hemos vivido de cerca y esto no nos suena de nada.

En el caso de la baja visión, no llevamos escrito que vemos algo. Algo es sinónimo de una mancha, un nubarrón, algo de niebla, un trozo de alguien, una escena que aparece en la periferia o algo que se ve por la parte central…

No podemos ver la escena como todos, no nos sentimos igual que todos porque nos perdemos el 80 % de lo que los demás ven y lo nuestro es degenerativo para más inri. La información visual es la que nos permite tener datos; datos referidos a lo que va a acontecer. Nosotros estamos en desigualdad de condiciones. Ante un texto, no podemos leer de corrido, no podemos escribir y leer lo que hemos escrito, no podemos ver quién viene, no sabemos si es un autobús o un coche grande, no hay carteles, no hay señales, no existen los datos que nos hacen movernos como pez en el agua y por ello, tenemos que pedir.

¿Podría usted darme unas fotocopias con letra más grande? ¿Podría indicarme cuál es el gel? ¿Podría decirme si viene el tren? ¿En qué calle estoy ahora? ¡Ay de aquel que pide y ay de aquel que no da! Sucede, claro que sucede. ¿Cuántas veces una persona con discapacidad se ha sentido maltratada por el mero hecho de que las personas que le rodean no le tratan con cariño y no se ponen un segundo en sus zapatos? ¿Cuántas? Si enumeramos las veces tendríamos que hablar que varias veces al día notamos que somos distintos porque sencillamente la gente nos trata así, o no nos trata porque somos discapacitados.

Las personas llegan a no entender qué significa ver menos, nos tratan igual porque les miramos a los ojos, cuando probablemente no sepamos ni quiénes son, y los hay que se quejan porque nos tienen que ayudar, los hay que no nos ayudarán nunca, los hay que pasan de nosotros como si tuviéramos tiña, los hay que nos dicen “es que se me olvida que no ves”, los hay que nos dicen que hasta que no vean un papel que les indique que deben ayudarnos no tienen obligación de hacerlo y saben por qué, porque siempre han visto, siempre han oído, siempre han podido hablar, siempre caminan solos…el famoso siempre que se acabará el día menos pensado.

Todos seremos discapacitados alguna vez, todos, absolutamente todos. Y si quieren comprobarlo, si usted es miope salga a la calle sin gafas, si tiene presbicia, deje las de farmacia en el cajón e intente leer qué pone en la etiqueta, póngase unos tapones e intente andar por la calle, participe de una reunión y diga que oye menos, a ver quién es el guapo que se pone en su piel, rómpase una pierna e intente ir en silla de ruedas. Entonces, y solo entonces, comprenderá en parte, qué significa depender.

Depender todos los días, a todas horas, todos los minutos y para siempre. Un verbo que nos acompaña, pero del que nos queremos librar. En el día de la visión se habla de la ceguera, de la cura de la misma alguna vez, pero nunca nadie se refiere a la Baja Visión; a la visión que nos queda tras una enfermedad congénita, tras una operación, tras la mala suerte de vivir una experiencia que sin duda nos hará más fuertes, más nobles, más humanos y, sobre todo, más solidarios.

A todas las personas que han perdido la vista, a todas aquellas que se esfuerzan por seguir viendo donde ya no hay nada, a todas aquellas que aprenden movilidad, habilidad es hacer todo solos, a todos ellos, solamente me queda quitarme el sombrero y seguir por el camino más apasionante que he cruzado nunca; el camino de la ayuda al prójimo, la enseñanza del que no sabe seguir porque ve poco y la aventura de vivir con ellos de nuevo la nueva vida que se asoma.

Todas las personas con discapacidad son grandes; todos, un ejemplo de superación y ninguno les llegamos a la altura del zapato. Solo pido que las instituciones se den cuenta de lo que significan, que la política les recuerde como primer apartado en la lista de deberes y que los seres humanos que los rodean sean comprensivos, cariñosos y, sobre todo, solidarios. Que ninguno de ellos tenga que pedir porque contra el vicio de pedir, está la virtud de no dar. Ya saben.

Veo menos, pero soy capaz; esa es la vida de la baja visión. Grandes, no cabe otra palabra.

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