Con Trump, ha ganado la banalidad

Por Andrés Sorel

Llevamos décadas envueltos en un suave fascismo que prepara para un día, cada vez menos lejano, su embestida final.

Todo comenzó cuando la política decidió convertirse en espectáculo. Nada de ideas, razonamientos profundos y meditados, formación de ciudadanos conscientes que asumieran su responsabilidad a la hora de ejercer lo que se llama “democracia”. Es decir, debatir programas y conceptos políticos, sociales, culturales, en un proceso educativo que les alejara de lo que buscan los grandes monopolios del capitalismo: masas alienadas y dominadas por la publicidad y el espectáculo. Anular el pensamiento, convertir a los ciudadanos en fieles seguidores de los catecismos escénicos, al servicio, lo quieran o no, de la minoría terrorista, es decir, neoliberal como se autodenomina, que gobierna el mundo.

Para ello se contaba con los medios de comunicación, y sobre todo, las nuevas tecnologías.

Así todo se vuelve banal, como el cumplimiento del nazismo por el pueblo seguidor de los demagogos criminales que habían conquistado el Estado en la Alemania de los Hitler, Goebels, e industriales y “altos hombres de la cultura y la ciencia”.

Que ya no se hable, salvo para demonizarlos, de marxismo, anarquismo, de izquierdas ni derechas: que solo se “tuitee” con un mínimo puñado de palabras estúpidas y vulgares, de descalificaciones burdas al contrario y la asunción de eslóganes tan falsos de ideas como mendaces.

¿Y quién es Trump? Pues uno de los de la Ley del Rifle, de quienes convierten a la mujer en objeto sexual, de las repugnantes y neo analfabetas Iglesias, de los explotadores dueños -ellos sus ancestros- de lenocinios, hoteles, industrias, medios de comunicación, de los iletrados aunque tengan títulos universitarios que conforma a la mayor parte de los ciudadanos norteamericanos del imperialismo que no solo declaran guerras, arrasan pueblos según sus intereses de dominio económico o estratégico, sino que imponen anticulturas -en la comida, el deporte, el cine, la música y literatura (no hablamos del puñado de creadores que poco tienen que ver con el tipo medio de ciudadanos yanquis) como negocio y como feísmo absoluto, en la mayor parte del mundo.

Trump es uno de ellos y ellos son Trump
¿Y Europa? Su fiel lacayo. Lo importante es saber dominar el inglés, la lengua del Imperio, y los que se dicen independentistas crearán nuevas fronteras, banderas, himnos, sin dejar de alienarse y venderse al verdadero amo de sus pueblos.

La banalidad del mundo es la obediencia a esa “democracia” del dinero no cuestionada, a la supeditación a las oligarquías bancarias e industriales, la esclavizante rendición de aquellos partidos políticos que renunciaron a sus ideas, programas que pretendían crear un mundo diferente, más justo, libre, bello e igualitario, partidos y sindicatos acomodaticios y serviles que se volvieron por sus estructuras dirigentes traidores a su historia y a sus fines.

¿Y los pueblos? Antes se decía: carne de cañón. Ahora podemos decir: carne de alienación, embrutecimiento y servidumbre.

Una cita de Milan Kundera explica esta situación: "La imagología ha conquistado en las últimas décadas una victoria histórica sobre la ideología… La imagología es más fuerte que la realidad. Los imagólogos crean sistemas de ideales y actividades… influyen en nuestro comportamiento, nuestras opiniones políticas y preferencias estéticas… tan poderosamente como en otros tiempos eran capaces de dominarnos los sistemas o las ideologías".

Las redes sociales actúan como la publicidad. Buscan no seres pensantes, sino consumidores. Y los mensajes que se envían, con capacidad no superior a tres líneas de texto, hacen retroceder la comunicación a la época de quienes en los tiempos prehistóricos se comunicaban a gritos.

Así podemos decir, con George Orwell, que la propaganda política es solo comercio para fieles militantes: "A una edad más temprana que la mayoría de la gente, comprendí que todo comercio moderno es un timo".

Y es que escuchamos, vemos, noticias políticas como consumimos publicidad.

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