EDITORIAL / USA

Los estadounidenses celebran en horas la elección del presidente de su república, que será la demócrata Hillary Clinton o el republicano Donald Trump; la primera es una mujer del 'stablishment' (la política profesional, se dice en España) y el segundo es un 'outsider' (un hombre que viene de fuera).

La campaña –que ha sido sucia como pocas, especialmente por parte del neoyorquino– ha dejado dos ideas que no se discuten, aunque son muy discutibles. A la conocida cornuda se le atribuye poner en peligro la Seguridad Nacional por enviar correos electrónicos desde un ordenador no controlado. Pero esto hay que explicarlo bien: Hillary no usó la cuenta oficial para enviar mensajes privados (lo que hace todo el mundo; sin ir más lejos, en Asturias se han bloqueado los ordenadores oficiales para que los funcionarios no puedan pasar toda la jornada leyendo páginas deportivas en Internet), sino que hizo lo contrario: usó su cuenta de correo personal en comunicaciones como Secretaria de Estado, lo que parece ser peligroso, porque los mails oficiales tienen filtros, algoritmos y controles de los que los envíos privados carecen.

Al zafio del flequillo se le ha colgado también otra etiqueta que es cuestionable: la de ser un empresario de éxito, lo que no es verdad; porque quien fue eso fue su padre. Donald nació siendo inmensamente rico y lo que se le puede reconocer es su capacidad para no dejar de serlo, a pesar de sus muchas pifias empresariales y personales.

Con o sin esas etiquetas interesadas, la campaña llega a su fin; y los ciudadanos ya están votando. Aunque el proceso electoral es muy complejo y el nuevo presidente no será proclamado hasta dentro de dos meses... como sabe cualquiera que recuerde el pucherazo en Florida que dio a Georges Bush Jr. su segundo mandato.

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