EDITORIAL / Periodistas

Las nuevas tecnologías han llevado su efecto más nefasto hasta el punto de que ya mucha gente no distingue la verdad del bulo cuando le llega a través de una red social. Es decir que muchas personas ya no distinguen el charrán del periodista, porque Facebook, Twitter, etcétera permiten a cualquiera parecer un informador... cuando no es sino un cotilla. La cosa es fácil de entender en otros gremios: uno no puede operar a vida o muerte o pilotar un avión sin acreditar ciertos conocimientos, pero en Periodismo se puede hablar de cualquier cosa sin tener que demostrar que se entiende lo que se dice.

El Periodismo es una profesión sin fin en la que uno debe formarse cada día para entender todo lo nuevo que pasa, pero es tan tolerante que se le reconoce voz a cualquier manguán que se acerque a ella. Y, al final, todo el mundo parece lo mismo: el tertuliano del corazón que no es más que una portera y/o el analista que sabe del mundo lo que no está ni escrito.

En realidad, lo que ha hecho Facebook con la información no es más que descubrir el Periodismo, que existe como profesión desde hace dos siglos. Y ello porque los poderosos lo odian; los poderosos odian al periodista como odian a cualquiera que sabe más que ellos. Lo que pasa es que se resignan con los saberes que tienen un certificado independiente y en Periodismo no, porque la validez del certificado la confirman ellos mismos muchas veces.

Pero las cosas no van a ser siempre igual; y lo confirma la decisión de Facebook de cambiar su algoritmo para que deje de primar los bulos sobre las verdades... es una victoria de la verdad sobre la fantasía; una victoria del Periodismo sobre el chismorreo. A medida que la gente descubra lo que pasa, habrá más.

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