Diamante de terapia intensiva para niños guatemaltecos

Por Ileana Alamilla

En medio de una irreparable tragedia que acabó con la vida de 40 niñas, que ha impactado en el mundo y provocado condena al sistema que las llevó a situaciones indeseables para cualquier ser humano, esta semana hubo noticias alentadoras en relación con la niñez, especialmente aquella que carece de recursos para acudir a los hospitales privados que cuentan con todos los equipos para la recuperación de pacientes.

Se trata del inicio del funcionamiento de la Unidad de Terapia Intensiva más grande de Centroamérica, que pareciera pertenecer a un hospital privado o de primer mundo, pero que está en el Hospital Regional de Escuintla, un nosocomio de referencia, que es uno de los tres de residencia más importantes del país, a la par del San Juan de Dios y del Roosevelt.

Desde hace veinte años se tenía esta inquietud por parte de médicos comprometidos con su profesión y con una mística ejemplar que hace que sorteen cualquier obstáculo, de los muchos que aquí se presentan. Y hace ocho años se empezó con el largo proceso que concluyó el jueves pasado cuando, en presencia del presidente y de la ministra de Salud, se mostró la obra y se hicieron los reconocimientos a los donantes.

Antes del 2010, todos los pacientes eran trasladados a otro hospital, y el 90% fallecían en el intento, por lo que se vio la necesidad de buscar la descentralización.

Empezó el viacrucis. En el 2008 la mortalidad era del 80% de los pacientes críticos, por carecer de recursos, tecnología y personal.

En el 2012 las condiciones cambiaron mínimamente, al contar con una enfermera para cinco pacientes —antes era una para todos—; se incrementó la presencia de personal calificado, con lo cual la mortalidad empezó a disminuir. En el 2012 fue de 46.9%, de un total de 258 pacientes atendidos en intensivo pediátrico en un año.

En el 2014 se atendieron 450 niños y en el 2016 la mortalidad se redujo a 19.6% de 650 pacientes. En América Latina el promedio es de 23%, aproximadamente, mientras que en países del primer mundo es menor del 10%.

El problema más grande en los casos de los niños son las infecciones nosocomiales. Se usaban los mismos aparatos para todos y ahora, con el equipo donado, entre este los fluxómetros, que regulan el oxígeno, y un monitor para cada paciente, se lograrán atenuar esos riesgos y salvar vidas.

Entre el equipo donado hay 18 camas pediátricas y 18 neonatales; módulos, incubadoras, monitores y ventiladores para todas las camas, dos equipos de rayos X portátiles, entre otros. El costo aproximado es de Q45 millones. Se informó de que el personal está capacitado para el uso de los equipos; sin embargo se recibió también un aparato para conferencias vía satélite, para que una vez al mes se impartan clases desde el Hospital de Charlotte, EEUU, a los médicos, y se presentarán a los facultativos norteamericanos casos complicados.

Esta unidad fue creada gracias al programa de Alcance Médico Internacional (IMO, en inglés), una asociación entre el Carolinas HealthCare System y la Fundación Heineman, que donó los suministros y maquinaria, mientras que Chiquita Brands International transportó los contenedores. Margaret Hynes fue otra donante.

Hoy es algo extraordinario. No se debe al Estado, es producto de personas como los doctores Willy Menéndez, Roberto Calvo y Sofía Posadas, quienes lo impulsaron con ahínco y trabajo tesonero. Después contaron con el apoyo de los residentes, los externos y los estudiantes de Medicina, quienes hicieron rifas, vendieron playeras y hasta descargaron los furgones con equipo pesado.

Ese sueño de los doctores Calvo, director del Hospital; Menéndez, jefe de Pediatría; y Posadas, subdirectora de Pediatría, se hizo realidad gracias a esa gran solidaridad con la coordinación de Theresa Johnson, directora del IMO.

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