Ochenta años de la muerte de Gramsci

Por Francisco Pastoriza

El 28 de abril de 1937 moría en Roma Antonio Gramsci, teórico marxista y fundador del Partido Comunista Italiano, quien pasó una gran parte de su corta vida en las prisiones del régimen fascista de Benito Mussolini.

De orígenes muy humildes, Gramsci sacó adelante con brillantez unos estudios que financió con su trabajo y cursó de manera intermitente a causa de graves problemas de salud. En la universidad de Turín coincidió con Palmiro Togliatti, con quien iba a fundar el PCI y la revista L’Ordine Nuovo, después militar en el Partido Socialista.

El comunismo lo llevó al parlamento como diputado en 1924, una etapa convulsa de la historia de Italia en la que el fascismo iba a imponer su presencia en la política prohibiendo los partidos de la oposición y suprimiendo la libertad de prensa. En noviembre de 1926 Gramsci es arrestado e ingresado en la prisión de Regina Coeli, desde donde fue trasladado a otras cárceles del país, en una itinerancia miserable.

Acusado de actividades conspirativas contra el Estado, fue condenado a más 20 años de cárcel. Murió a los 46 años tras haber dejado una obra teórica con algunas de las más lúcidas reflexiones sobre la izquierda y la sociedad de los primeros años del siglo XX.

Pero si hay una obra que no ha perdido ni un ápice de su primigenia fuerza y humanidad son las cartas que escribió desde los distintos centros penitenciaros en los que cumplió una de las condenas más execrables dictada contra un ser humano. En este 80 aniversario de su muerte es recomendable la lectura de unos textos que transmiten íntegra la humanidad de uno de los grandes políticos del siglo XX.

Gramsci: para la libertad
La lectura de las cartas que Antonio Gramsci escribió a lo largo de más de diez años desde distintas cárceles, proporciona una dimensión exacta de su tragedia personal y provoca en el lector desasosiego, impotencia, indignación hacia sus verdugos. Sus textos transmiten, además, una vívida sensación de opresión y de falta de libertad. Gramsci, condenado en 1926 a veinte años de cárcel sólo por sus ideas (debemos impedir que ese cerebro funcione durante veinte años, dijeron las autoridades que lo condenaron) y por su carácter de dirigente del incipiente comunismo italiano, demuestra a lo largo de la escritura recogida en Cartas desde la cárcel (Veintisiete letras), una fuerte personalidad, una voluntad de hierro, un carácter indomable en una humanidad que no cabía en los estrechos márgenes de las celdas en las que transcurría su existencia de penado.

A través de las cartas se percibe poco a poco su deterioro físico, atacado su ya débil organismo por las enfermedades, el frío y la mala alimentación. Sin embargo, sus convicciones, la curiosidad y el interés por lo que pasa en el mundo, sobre todo en el mundo de las ideas y de la cultura, no decayeron ni siquiera en los últimos meses de su vida: fue en la cárcel donde redactó sus famosos Cuadernos de la cárcel, una larga reflexión teórica sobre la renovación del marxismo (Berlinguer los utilizaría en los 70 para elaborar la doctrina eurocomunista). Las lecturas que hace en la cárcel, su amplia cultura literaria y sus conocimientos de filosofía aparecen entre la prosa cálida e íntima con la que escribe a sus familiares más cercanos.

Las cartas están dirigidas preferentemente a su esposa Julia Schucht (Yulca), a su cuñada Tatiana (Tania), a su madre hasta la muerte de ésta (se le ocultó durante meses para no agravar su salud) y a sus hijos Delio y Giuliano, a quienes “ve” crecer en la distancia y a quienes sólo conoció por las fotografías que le enviaban (tampoco volvió a ver a Julia desde su detención). Es precisamente la preocupación por la formación y el crecimiento de sus hijos la que empaña la mayor parte de las cartas que dirige a su esposa y a Tania, convertida esta última en su mejor interlocutora y a quien dirige todos los encargos (Julia se instaló en Rusia con los hijos tras la detención de Gramsci, lo que dificultó sus comunicaciones).

A medida que uno se va internando en la lectura de estas cartas se afianza el convencimiento de la gran injusticia que supone para un ser humano verse privado de libertad durante tanto tiempo sólo por sus ideas políticas. El gran amor que siente por su esposa, la ternura por sus hijos y por los familiares, el cariño que muestra a Tania y a sus hermanos, la amistad hacia sus compañeros (espléndida la carta a Piero Sraffa)… todo transmite sensaciones de impotencia y de frustración.

Una tragedia sin ningún sentido. Uno se pregunta, además, hasta dónde llegaría la evolución y la producción intelectual de Antonio Gramsci si, aún con su obra interrumpida, se le considera uno de los grandes teóricos del comunismo europeo. Sus discrepancias con la III Internacional, el calificativo de “déspota” dirigido a Stalin, la ruptura con Togliatti y sus sospechas sobre la actitud de algunos compañeros del partido (un juez instructor llegó a advertirle de las consecuencias que iba a tener sobre la sentencia una carta de Ruggiero Greco, sugiriendo que algunos de sus amigos políticos preferían mantenerle en la cárcel) han sembrado de especulaciones su posible evolución ideológica.

Lo único cierto es que Gramsci mantuvo hasta el final sus convicciones revolucionarias.

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